Como dije, yo quería que mi hijo o hija naciera en Barcelona, así que, el mes siguiente a mi partida, volví a casa de mis padres, fui a que me asignaran un médico y me tocó en suerte el hospital de la Vall d'Hebron.
Cada mes el día antes a la visita empezaba el peregrinaje, pues ir de jaca a Barcelona y viceversa era toda una odisea en aquel tiempo.
A las 7 y media de la mañana tomaba un autocar en Jaca, que llegaba a Huesca a eso de las 10. A los pocos minutos, en otro autocar enfilábamos hacia Lleida, a donde llegábamos a eso de la 1 de la tarde. Comía en algún restaurante no muy lejos de la estación, me iba a dar una vuelta por la ciudad y a las 4 de la tarde me montaba en otro autocar que me llevaba hasta Barcelona.
Llegábamos a las 7 o 7 y media de la tarde a la plaza Universidad.
La primera vez que hice ese viaje, el ver la montaña de montserrat desde la ventanilla, se me cayeron las lágrimas y tuve una sensación de "ya estoy en casa" que muchos entendereis.
Al día siguiente visita médica y al siguiente otra vez me tocaba hacer la excursión en dirección contraria.
Mes tras mes.
Uno de esos meses, al llegar a Barcelona hubo un detalle jocoso.
Resulta que justo enfrente de donde tenía el final el autocar, había, hay, un edificio arriba del cual se lee: Mutua general de seguros contra incendios (o algo así). Pues bien, ese día el edificio estaba incendiado.
Resulta que justo enfrente de donde tenía el final el autocar, había, hay, un edificio arriba del cual se lee: Mutua general de seguros contra incendios (o algo así). Pues bien, ese día el edificio estaba incendiado.
| El edificio en cuestión. |
Cuando ya el embarazo se notaba muchísimo, la gente que subia al autocar en Jaca, temiendo que me mareara me dejaban sentar delante de todo y aunque yo les decia que no, que no había problema, que no me mareaba en ningún sitio, no paraban hasta que me veian allá sentada.
Y lo cierto es que no me mareé nunca excepto un dia, cuando íbamos de regreso, en el que hacía el trayecto Huesca-Jaca, iba yo comiendo pipas y leyendo y el autocar empezó a dar bandazos de cola en las curvas de tal manera que las pipas acabaron saliendo disparadas de mi barriga al suelo.
Cuando ya quedaba solo un mes para salir de cuentas me instalé en casa de mis padres a la espera del momento en que lo que fuese que había en aquella barrigota se decidiera a salir a ver mundo.
En la primera visita que me hicieron al llegar el médico me dijo que tenía que hacer un régimen super estricto pues podía peligrar mi vida en el momento del parto y mi padre, que en aquel momento ya tenía una situación económica bastante más desahogada que cuando yo era pequeña, me dijo que no me preocupara, que lo que hiciera falta, que el me compraba lo que yo necesitara.
A todo eso, el dia 10 de aquel més de mayo era el 25 aniversario de boda de mis padres, sus bodas de plata y mi padre me pidió que le cocinara algo especial para el evento.
Mi abuela le dijo que como me hacía esto, que yo no podría comer de lo que hiciera, pero le dije que a mi no me importaba, que les haría lo que quisieran aunque yo no pudiera comer y mi padre me dijo que me comprara para mi lo que me apeteciera de lo que podia comer, sin importar lo que costara.
Tan solo una noche me salté el régimen.
Me desperté pensando: Chocolate.
Sabía que en la nevera había una tableta de chocolate y no pude mas. Fui y cogí un poco. Mi hermano me pilló, pero no dijo nada.
Y es que con mi hermano me pasaba las noches jugando al parchís, o al monopoly, hasta que nos amanecía.
Como conté en otra entrada, había en el piso dos ventanas que daban a un patinejo donde había las ventanas de todos los vecinos. Desde la cocina de mis vecinos se veia nuestro comedor.
Una noche, el marido de Mari Tere se fue a lavar la cara para acotarse, miró hacia nuestra casa y nos vio jugando.
Toni, que así se llamaba, se levantaba muy temprano pues trabajaba en una cadena de charcuterías, conduciendo la furgoneta con la que reponian el género a las tiendas.
El caso es que se levanta, va a la cocina a lavarse la cara, mira hacia nuestra casa y ve que seguíamos jugando. Nos dijo que se despertó de golpe de la impresión, pensando: ¿aún están ahi?
Y si, ahí estábamos. Igual que estábamos aquel día a las dos de la madrugada cuando a mi me entraron ganas de orinar, me levanté, y patachaf! un charco enorme a mis pies, que no era precisamente pipí, pues uno no mea así, como si volcara un cubo.
Mi madre que debía dormir con una oreja levantada y un ojo medio abierto, se levantó, me dijo que eso era que había roto aguas y ¡hale! a la residencia.
Y aquí lo dejo de momento, que he de ir a comprar.
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