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dimecres, 4 de juliol del 2018

Una luna de miel atrasada

La temporada de verano acabó a mediados de Septiembre, así que nos dispusimos a realizar un viaje por España. Nos habíamos ganado el descanso, tras 6 meses de trabajo duro y no habíamos tenido luna de miel propiamente dicha. Aquel viaje iba a serlo.

Por cierto: El regreso a casa fue épico.
Ya existía la autopista que unía Barcelona con Gerona y estando en ella nos quedamos casi sin gasolina, así que mi ex paró a repostar en un área de servicio.
No sabría decir qué demonios hizo para salir del área, pero al cabo de unos minutos de rodar de nuevo por la autopista me di cuenta de que las flechas que indicaban la dirección venían contra nosotros, no iban en la dirección del vehículo, señal inequívoca de que íbamos contra dirección.
Por suerte apenas había tráfico a esa hora y pudo dar la vuelta sin mayor problema.

El día antes de la merced o el anterior, metimos las maletas en el coche y emprendimos viaje.
Primera parada Zaragoza.
Ya en carretera podíamos haber imaginado lo que iba a pasar en Zaragoza, pues los atascos en los puertos de montaña que había en aquella época eran de órdago, pero no nos dimos cuenta de ello.

Llegamos a Zaragoza ya entrada la noche y como resultaba que era un fin de semana con puente, más año santo o algo parecido, Zaragoza estaba hasta los topes. Ni una sola habitación libre en ninguno de los hoteles que preguntamos.
¡Que se le va a hacer! Dormiremos en el coche.

Como mi ex era muy inteligente no se le ocurrió mirar si los asientos eran abatibles, que lo eran y dormimos en la parte de sentarse. Yo encogida en el de atrás y el entre los dos de delante.

Aunque yo también demostré ser muy inteligente pues no había puesto ni una simple rebeca en la maleta. Todo era ropa de verano. Y en el sur, a donde íbamos, si que haría calor, pero en Zaragoza y de noche hacía una rasca que pa que.
Nos tapamos como buenamente pudimos y ¡hale! a dormir.

Al día siguiente seguimos viaje hacia el Monasterio de Piedra, sin quedarnos a ver nada de Zaragoza.
Hice muchas fotos, pero las pocas que conservo no están en muy buenas condiciones. Es el problema de las fotos hechas con máquinas analógicas si no están muy bien reveladas. Pierden color y contraste hasta que la imagen es casi irreconocible. Sobre todo las hechas con flash. Pues las hechas con luz de sol se ven bastante mejor. De todas las que hice solo se conserva bien ésta.

Esto es Nuévalos, un pueblecito que hay justo antes de llegar al Monasterio y que se ve así tras subir una cuesta.

El monasterio de piedra es un paraje donde el agua es la protagonista.

Cascadas, lagos y riachuelos en un entorno semi-creado por la mano del hombre.

De allí a Toledo, Talavera de la Reina y Madrid. 

En Madrid, después de dar mil vueltas entre la plaza de la Cibeles y la de Neptuno, y tras parar en un kiosco para que me bajara a comprar un plano de la ciudad, recogerme en la siguiente vuelta y lograr salir de allí, encontramos un hostal o pensión muy limpita donde pasar un par de noches.

Visitamos lo imprescindible, algo del Prado, el museo de cera y el retiro.
La foto del vestido que he colocado en esta entrada está tomada allí, en el parque del retiro.

De Madrid a un pueblo de Badajoz, pasando por Cáceres y Ciudad Trujillo, a visitar a los padres de un amigo de mi ex, a los que ayudamos en la vendimia el día que estuvimos allí y de quien aprendí que uvas con queso saben a beso, mientras saboreaba ambas cosas.

Aquí podeis verme en plena vendimia, con la madre del amigo.

Fue divertido porqué no lo hicimos más que por ayudar. Imagino que para quien ésto es un trabajo debe ser muy pesado.

De allí fuimos a Andalucía.

Empezamos en Córdoba, visitando la mezquita y después Sevilla, de la que me enamoré.

Aquí podéis verme sentada en las almenas de la Torre del oro, con la giralda y la catedral encuadrada a mi espalda.

No es que estuviera enojada, es que el sol en los ojos me provoca siempre un gesto de mal humor pues me molesta muchísimo.

En Sevilla visitamos a un compañero de trabajo de mi ex que estaba haciendo la mili allí.

Y por supuesto la giralda, la Torre del oro, el barrio de santa cruz, la plaza de España con sus mosaicos dedicados a cada una de sus 50 provincias y el parque de María Luisa, que ya otoñeaba, pese al calor.

De allí íbamos a ir a Murcia, a ver a sus abuelos.
 Ya en la carretera vi la indicación del desvío para ir a Granada y le dije que me gustaría ver la Alhambra. El dijo que otro día, yo le dije que este cuento ya me lo sabía y me enfurruñé hasta que dio media vuelta y puso rumbo a Granada para ver la Alhambra.


Pero esta es otra historia que contaré en el siguiente capítulo de este viaje.

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