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dissabte, 25 d’abril del 2020

El parto.

Como decía, a las dos de la madrugada del día 26 de mayo, mientras jugaba al monopoly con mi hermano rompí aguas y salimos los 3, mi madre, mi hermano y yo, corriendo hacia la residencia de Vall d'Hebron, en la otra punta de la ciudad en todos los sentidos.

En aquellos tiempo aún no se habían inventado los teléfonos móviles ni las redes de taxis, con lo que encontrar uno a las dos i pico de la madrugada en el barrio de mi madre era algo poco menos que imposible.
Por suerte vivíamos cerca de la ronda de Sant Antoni i allá al poco rato de esperar vimos uno libre que nos llevó a la clínica.

A partir de aquí la historia tiene dos partes, por un lado yo ingresada, por el otro ellos dos en una sala de espera sentados, sin tener ni idea de qué estaba pasando.

Por lo que me contó luego mi hermano, hasta media mañana no pudieron hablar con una doctora que les dijo que no se preocuparan, que (palabras textuales) " de hoy no pasa".

Y no, realmente no pasó de ese hoy, lo malo para ellos fue que ese hoy se alargó hasta casi el final del día, pues hasta casi medianoche no les dijeron que podían subir a verme, que ya había tenido a una nena.

Mi hermano siempre me dice: "Desde luego la doctora no se equivocó, no".
Por lo que me cuenta el pasó parte de ese día tumbado en un par de sillas durmiendo mientras esperaban que les avisaran. Mi madre lo hizo sentada.

A alguno de ellos se le ocurrió llamar al padre de la criatura y a las 4 de la tarde le dejaron entrar a verme. Recordad que estaba en jaca, así que, si pienso en la hora en qué debieron avisarle, debió venir, como vulgarmente se dice, cagando leches.

Por lo que a mi respecta entré en la clínica, me subieron a una habitación donde había otras mujeres igual que yo que no dejaban de quejarse y de gritar.

Una doctora me miró, me dijo que había para rato y se fue.
Una enfermera entró, me afeitó por ahí abajo, con una destreza que demostraba la de veces que lo había hecho, pues ni un rasguño y me dejaron dormir tranquilamente.


Yo estaba super bien. No me dolia nada ni parecía que fuera a pasar nada, pero a eso de las 11 de la mañana me visitó otra doctora, dijo que no dilataba y me dió una pastilla para que me la pusiera debajo de la lengua.

Y ahí empezó el calvario.

Las que hayais tenido hijos sabeis a qué me refiero.

Eso duró hasta las 10 de la noche en que me bajaron al paritorio.

Allá me pusieron en el potro de torturas y hale! a apretar y a soltar una y otra vez.

En un momento dado un médico me dijo que un grupo de estudiantes de medicina querían entrar a ver el parto como parte de su educación médica y necesitaban mi permiso.
A mi, en aquellos momentos, me daba igual que entrara la filármonica o quien fuera. Yo solo quería que la criatura saliera de una vez.

Al final me pegaron un corte, la nena salió y alguien me la dio para que la viera.
Ya os podeis imaginar como estaba, sucia, arrugadita, aún colgando del cordón.... la miré y dije: ¡que guapa eres! a lo que la enfermera o lo que fuera aquella mujer dijo: Que tontas sois las madres. Decir que es eso es guapo, tal como están!

El médico preguntó la hora y yo respondí: las diez y media. 
Él se giró y me dijo: ¿Como es que llevas el reloj?
Porqué nadie me ha dicho que me lo quitara. - le respondí-

Una de las doctoras o enfermeras me dió 4 puntos y me dijo que ya podía pasar a la camilla.
Lo hice y lo siguiente que recuerdo es a los chavales que habían entrado a ver el parto dándome bofetones para hacerme volver pues por lo visto me había desmayado a causa de la pérdida de sangre.

Me pusieron un gotero, pusieron a la nena a mis pies y dejaron la camilla en una sala de espera en la que una enfermera iba pasando por mi lado dando palmadas mientras decía: No te duermas, no cierres los ojos, si lo haces quizá no vuelvas a abrirlos y la nena te necesita. 
Y cosas así.
Yo solo quería dormir. Me sentía agotada. Le pregunté: ¿Porqué no dejais que suba alguien a hacerme compañía y me distraiga? Abajo debe estar mi hermano y mi marido... 
Pero ella me dijo: No. Hasta que no pase todo no se les avisa. Acabe como acabe.

En un cierto momento se que me dormí, pero me desperté al poco totalmente despejada. La enfermera me vio y dijo: Ya tienes mejor color. No tardarás en subir a planta.

Y si, al rato estaba en una de las plantas de neonatos con toda la familia alrededor. Mi hermano por primera vez me dijo eso de que la doctora no se había equivocado, pues aún no era medianoche.

Y 3 dias después de eso salía de allí con mi hija y un flotador para sentarme sin que los puntos me dejaran viendo las estrellas.


Este es el edificio de ginecología del Hospital de la Vall d'Hebron. En una de esas ventanas estuve esos 3 días.

Lo interesante de este hospital es la forma en que están distribuidas las habitaciones. 
En cada una hay 4 camas. una en cada esquina, de manera que vistas desde la puerta que está al otro lado de la ventana, tienes 2 camas a la derecha y dos a la izquierda. Si no ha cambiado desde entonces, junto a cada cama hay, en la pared, una cuna que va de la habitación de la madre a la habitación de al lado.
En esa habitación de al lado, a la que dan 4 cunas, 2 de cada una de las habitaciones colindantes, hay una zona para las enfermeras y las madres, para lavar y cuidar a los bebés.
La ventaja de ese sistema es que puedes dejar al bebé tranquilito en esa zona mientras la familia entra a visitarte, o mientras charlas con las otras madres si el bebé está dormidito, pero sigues teniéndole a tu lado, no como en otros sitios que los llevan a otro sitio lejos de ti.

Debo decir que la comida en ese hospital era buenísima. Nos daban un vasito de vino tinto por que decían que eso favorecía la subida de la leche.

A mi nena le costó agarrarse al pezón pero en cuanto le pilló el truco no se soltaba.

Como yo ya había cambiado muchos pañales no tuve ningún problema en hacerlo, vestirla y lo que hiciera falta en esos 3 días, aunque, por lo que me dijeron, pecaba de lo mismo que todas, cambiarla en cuanto me olia que se había hecho un pipí.
Claro que los pañales de entonces no eran como los dodot de ahora y yo no quería que mi nena se irritara si podía evitarlo.

Y como he dicho, 3 dias más tarde salí de allí para ir a pasar unos días a caballo entre la casa de mis padres, donde pasaba el día entero y la casa de unos amigos, donde la nena y yo dormíamos, pues la casa de mis padres era demasiado pequeña para todo lo que teníamos de la peque y ellos disponían de una habitación vacía donde estábamos nosotras dos.

Cada día la metía en el cochecito y autobus arriba, autobús abajo, me movía por la ciudad aprovechando esos días para comprar cosas que iba a necesitar, pasear con mi pequeña, visitar amistades y familiares, etc.

Mientras estuve allá con ellos me pasaron dos cosas que os contaré mañana, porqué hoy ya tengo los hombros que no se si hay una viga en ellos.

Embarazo y parto. 1ª parte

Como dije, yo quería que mi hijo o hija naciera en Barcelona, así que, el mes siguiente a mi partida, volví a casa de mis padres, fui a que me asignaran un médico y me tocó en suerte el hospital de la Vall d'Hebron. 

Cada mes el día antes a la visita empezaba el peregrinaje, pues ir de jaca a Barcelona y viceversa era toda una odisea en aquel tiempo.

A las 7 y media de la mañana tomaba un autocar en Jaca, que llegaba a Huesca a eso de las 10. A los pocos minutos, en otro autocar enfilábamos hacia Lleida, a donde llegábamos a eso de la 1 de la tarde. Comía en algún restaurante no muy lejos de la estación, me iba a dar una vuelta por la ciudad y a las 4 de la tarde me montaba en otro autocar que me llevaba hasta Barcelona.
Llegábamos a las 7 o 7 y media de la tarde a la plaza Universidad.

La primera vez que hice ese viaje, el ver la montaña de montserrat desde la ventanilla, se me cayeron las lágrimas y tuve una sensación de "ya estoy en casa" que muchos entendereis.

Al día siguiente visita médica y al siguiente otra vez me tocaba hacer la excursión en dirección contraria.

Mes tras mes.
Uno de esos meses, al llegar a Barcelona hubo un detalle jocoso.
Resulta que justo enfrente de donde tenía el final el autocar, había, hay, un edificio arriba del cual se lee: Mutua general de seguros contra incendios (o algo así). Pues bien, ese día el edificio estaba incendiado.

El edificio en cuestión.

Cuando ya el embarazo se notaba muchísimo, la gente que subia al autocar en Jaca, temiendo que me mareara me dejaban sentar delante de todo y aunque yo les decia que no, que no había problema, que no me mareaba en ningún sitio, no paraban hasta que me veian allá sentada.
Y lo cierto es que no me mareé nunca excepto un dia, cuando íbamos de regreso, en el que hacía el trayecto Huesca-Jaca, iba yo comiendo pipas y leyendo y el autocar empezó a dar bandazos de cola en las curvas de tal manera que las pipas acabaron saliendo disparadas de mi barriga al suelo.

Cuando ya quedaba solo un mes para salir de cuentas me instalé en casa de mis padres a la espera del momento en que lo que fuese que había en aquella barrigota se decidiera a salir a ver mundo.

En la primera visita que me hicieron al llegar el médico me dijo que tenía que hacer un régimen super estricto pues podía peligrar mi vida en el momento del parto y mi padre, que en aquel momento ya tenía una situación económica bastante más desahogada que cuando yo era pequeña, me dijo que no me preocupara, que lo que hiciera falta, que el me compraba lo que yo necesitara.

A todo eso, el dia 10 de aquel més de mayo era el 25 aniversario de boda de mis padres, sus bodas de plata y mi padre me pidió que le cocinara algo especial para el evento.
Mi abuela le dijo que como me hacía esto, que yo no podría comer de lo que hiciera, pero le dije que a mi no me importaba, que les haría lo que quisieran aunque yo no pudiera comer y mi padre me dijo que me comprara para mi lo que me apeteciera de lo que podia comer, sin importar lo que costara.

Tan solo una noche me salté el régimen.
Me desperté pensando: Chocolate.
Sabía que en la nevera había una tableta de chocolate y no pude mas. Fui y cogí un poco. Mi hermano me pilló, pero no dijo nada.

Y es que con mi hermano me pasaba las noches jugando al parchís, o al monopoly, hasta que nos amanecía.

Como conté en otra entrada, había en el piso dos ventanas que daban a un patinejo donde había las ventanas de todos los vecinos. Desde la cocina de mis vecinos se veia nuestro comedor. 
Una noche, el marido de Mari Tere se fue a lavar la cara para acotarse, miró hacia nuestra casa y nos vio jugando.
Toni, que así se llamaba, se levantaba muy temprano pues trabajaba en una cadena de charcuterías, conduciendo la furgoneta con la que reponian el género a las tiendas. 
El caso es que se levanta, va a la cocina a lavarse la cara, mira hacia nuestra casa y ve que seguíamos jugando. Nos dijo que se despertó de golpe de la impresión, pensando: ¿aún están ahi?


Y si, ahí estábamos. Igual que estábamos aquel día a las dos de la madrugada cuando a mi me entraron ganas de orinar, me levanté, y patachaf! un charco enorme a mis pies, que no era precisamente pipí, pues uno no mea así, como si volcara un cubo.
Mi madre que debía dormir con una oreja levantada y un ojo medio abierto, se levantó, me dijo que eso era que había roto aguas y ¡hale! a la residencia.

Y aquí lo dejo de momento, que he de ir a comprar.

Jaca: 2ª parte

Pasé casi todo el embarazo y los 10 meses siguientes a dar a luz, en Jaca y como es natural hubo varias anécdotas a lo largo de ese tiempo.
Para empezar, en Noviembre de ese año murió el dictador y todos los que estaban haciendo el servicio militar estuvieron acantonados unos días. 
No me refiero a que no pudieran salir del cuartel, pero si que estaban en plan "veremos qué pasa ahora".
La gente de Jaca, sobre todo la gente que había vivido la guerra civil, estaba acojonada.

Mi ex era suministrador de la cocina de oficiales, o sea, el encargado de ir por las tiendas del pueblo comprando lo que el cocinero le pedía para el menu del día ya que, a diferencia de la comida de la tropa, que se pedia al por mayor, la comida de los oficiales era un poco más selecta.
Así cada día hacía un recorrido por la carnicería, la pescatería etc.
De lo que recogía de la carnicería siempre se le escapaba un pollo que venía a parar a casa y como su sueldo era algo muy escaso, yo me las ingeniaba para sacar de aquel pollo más de lo que muchos hubiesen sacado.
Aprendí a desmontarlos, y aprovecharlos al máximo, sobre todo cuando mi hija empezó a tomar papillas.

Anecdota: Un día fui a la pescatería a por algo de marisco para una paella. El dependiente era un muchacho de mi edad más o menos. Le pido mejillones, chirlas, una sepia, unas gambitas arroceras y un par de escamarlanes.
El chaval me mira y me dice: Un par de que??
De eso- le digo señalando lo que quería.
¡Ah! Cigalas! -contesta. Y me las sirve.
No sabía su nombre en castellano, para mi siempre habían sido escamarlans.

A mediodia mi ex viene a comer y se lo cuento entre risas.

Por la tarde mi ex trabajaba en un francfurt. Tenía permiso para ello, pues los milicos tenían prohibido vestir de paisano o trabajar mientras durase el servicio militar, pero el tenía un permiso especial firmado por un teniente coronel al que había sacado de un apuro, pues una noche que el cocinero se había ido de permiso y él tenía un compromiso ineludible, mi ex le había cocinado la cena, coctel de gambas y no se qué mas, con lo que el jefazo había quedado como un rey.

El caso es que la tarde de la paella, estando en el francfurt, se le acerca el de la pescatería, que era amigo suyo y le dice: Hoy ha venido una chalada a comprar y me ha pedido una cosa muy rara.
¿Escamarlanes? - le pregunta mi ex.
¡Si! ¿Como lo sabes?-
Porque es mi mujer- 
El chaval se puso en plan glups!! pero después acabaron riendo los dos.
Y a partir de aquel día si iba a comprar algo me servía con un asomo de carcajada recordando el tema.

Este chaval era novio de una patinadora sobre hielo que había sido muy buena en su tiempo y que se dedicaba al patinaje de forma profesional como ayudante de la profesora de patinaje del club de hielo de Jaca.
Ese año se celebraba allí, en el palacio de hielo, un campeonato de profesionales que cada año se celebraba en un país distinto y por la tarde yo iba a ver los entrenos de los que iban a competir y uno de esos días vi algo que me dejó de piedra.
Mientras entrenaban los profesionales también lo hacían los chavalines que estaban en la escuela de patinaje. Niños y niñas que podían llegar a ser los futuros campeones de patinaje, o no, pero que estaban en ello.
Una de esas tarde, como digo, uno de los mayores estaba patinando de espaldas, a punto de hacer una pirueta, mientras en dirección contraria se acercaba una niña a toda leche.
La colisión era inevitable.
El muchacho lanza la pierna, da media vuelta, ve a la niña, la levanta y sigue patinando con ella hasta poder dejarla en el suelo a salvo en cuanto pudo frenar sin  peligro.

No se si lo he sabido explicar suficientemente bien. Verlo fue de impacto.
Foto del pabellón de hielo. 
Al fondo el Oroel, la montaña que marca el inicio del invierno, o al menos del frio, en todo el valle.

Por las tardes, después de comer y antes de empezar a trabajar en el francfurt, mi ex tenía un par de horas libres y solíamos dedicarlas a jugar al ping pong. Normalmente jugábamos con el cocinero de los oficiales ya que ellos dos se habían hecho muy amigos.
Al otro le flipaba verme a mi con la barriga preñada corriendo de lado a lado para devolverles las pelotas que a veces mi ex me tiraba con efectos.

Me contaron después que si no me enseñaron a esquiar o a patinar sobre hielo era por miedo a que el embarazo se truncara, pero pude haber aprendido de los mejores, pues la escuela militar de Jaca tenía una especie de sucursal en Candanchú donde hacían el servicio los mejores esquiadores y escaladores del país. Hubo allá haciendo la mili, por ejemplo, los que ayudaron a Felix Rodriguez de la Fuente a montar sus parapetos en los lugares más inaccesibles para sus reportajes de "El hombre y la tierra".

Cada mes yo tenía que pasar visita médica con el ginecólogo y el obstetra, pero yo quería que mi hijo/a naciera en Barcelona, así que me acostumbré a bajar cada mes unos días a casa de mis padres, pero de eso mejor hablamos en la siguiente entrada.

divendres, 3 d’agost del 2018

Jaca Primera parte

La habitación estaba en una pensión, cerca de la catedral, regentada por una señora que podía ser mi madre, muy amable y simpática.

Solía alquilar habitaciones a los soldados para que pasaran los fines de semana o los permisos si no se iban a casa, o tuvieran donde ir a ducharse o a echar una siesta etc.

Me comentó que lo mejor era que buscáramos un piso, que ella conocía a todo el mundo y que ya me diría algo y si, a los pocos días nos había encontrado un pisito chiquitín en una casa de 3 plantas, propiedad de 3 hermanos de la edad de mi abuela o casi, que ocupaban la planta primera, tenían gallinas en la planta baja y alquilaban el piso entre el suyo y la buhardilla donde guardaban sus cosas.

Durante los pocos días que estuve en la pensión, le pedí a la dueña que me enseñara a tricotar, pues la veia a ella y esa era una de las poquísimas labores que yo no sabía hacer.

Y una noche, de pie las dos en la cocina, me enseñó a tricotar.

Con la lana que había comprado le hice un jersey a mi futuro ex que a dia de hoy no me pondría ni borracha.

Era una lana verde que hacía aguas. Iba del blanco al verde oscuro y de vuelta al blanco a lo largo de todo el hilo.
Le hice unos rombos en la parte delantera combinando punto al derecho y punto al revés.
Al ser modista, hice un patrón con sus medidas y me basé en él para ir haciendo mangas y escotes.

La buena señora flipó bastante porque normalmente los jerseis se hacen de manera un poco intuitiva y lo aprendí después, pero aquel era el primero.
Me dijo que no era normal complicarse la vida con dibujos en el primer jersey que se hacía, ni tampoco empezar directamente por un jersey. Que lo normal era empezar por una bufanda, pero yo no necesitaba bufandas, así que ¿quien dijo miedo?

Así que al cabo de unas semanas nos trasladamos al piso de la calle de las cambras.
 Pilar, la dueña, me adoptó al momento y todo el tiempo que estuvimos allí me cuidó y se preocupó de mi y de mi hija luego, como si yo fuera su hija y la nena su nieta.

Era fan de Heidi y cada tarde me llamaba en cuanto empezaba el capítulo para que bajara a verlo con ella y tomábamos un vaso de leche (leche de verdad, de vaca ordeñada aquella mañana) con algunas galletas.

Por la mañana bajaba con ella a recoger los huevos de sus gallinas y me reservaba los mejores.

A veces me daba verduras que sus hermanos recogían en un huerto que tenían por aquellos pagos y siempre me decía que me tenía que cuidar por la criatura.

En el piso había muebles bastante hechos polvo y un día se me ocurrió darles una mano de barniz.

Cuando vio lo que estaba haciendo me dijo que subiera con ella a la buhardilla.
Una vez allí me enseñó un montón de muebles que habían ido guardando de sucesivas redecoraciones de su casa, todos en perfectas condiciones, y me dijo que escogiera los que más me gustaran, que su hermano me los bajaría, colocaría y retiraría los que hubiera.

Durante el tiempo que estuvimos allí y mientras él estaba aún de servicio, murió el dictador y hubo miedo entre la gente de Jaca. Ya llegaré a eso.





El principio del fin

Después de la temporada en casa de la familia de la entrada anterior, durante el siguiente permiso de mi ex, hubo tormenta en casa.

Mi suegra se había enterado de que yo le había puesto los cuernos a su hijo y se lo chivó y él me puso de patitas en la calle. Mejor dicho, me envió de vuelta a casa de mis padres.

Si, lo reconozco, se la pegué.
El me la pegaba cada dos por tres, antes y después de la boda y supe que durante un permiso de los que había tenido en semana santa, en lugar de venir a casa se había ido a ver a otra, así que le devolví la pelota.

El caso es que aparecí en casa de mis padres sin trabajo.
Me hicieron un hueco y yo fui a dar una vuelta por el barrio a ver qué había.
Me pasé por la tienda de bolsos a saludar y el jefe me dijo que si me interesaba podía quedarme a hacer suplencias de verano.
Al fin y al cabo yo ya sabía de que iba todo, conocía la tienda, el género, etc. 

Un día mi ex apareció en la puerta.
Me dijo que me echaba de menos, pero que lo que yo había hecho, bla, bla, bla.
Yo le dije que lo suyo tampoco era muy lógico y acabamos en la cama.
Esto se repitió varias veces.

Yo había dejado de tomar anticonceptivos así que pasó lo que tenía que pasar. Cuando supe que estaba embarazada y se lo dije, no sabía si creer que realmente era suyo y en aquel tiempo no se había descubierto el tema del ADN, así que finalmente aceptó que era suyo y me dijo que prepararía el tema para que pudiese ir a vivir a Jaca, donde estaba haciendo la mili.

Por cierto: ¿Recordais como me lo monté para lograr anticonceptivos antes de la boda? Pues casi casi tuve que hacer lo mismo después.

Lo primero que se me ocurrió a mi, recién casada, fue ir a ver al ginecólogo de mi madre y pedirle que me hiciera la receta para no tener que ir de guiri a las farmacias y el viejo me dijo que no. Que si no queríamos hijos no habernos casado. Que él no recetaba esas cosas. Así que fui al médico de cabecera de la seguridad social y por suerte aquel no tenía tantos miramientos y me las recetó.

El caso es que había dejado de tomarlas después de la bronca y ... 

Poco después me llamó y me dijo que ya había hablado con sus superiores, que había encontrado una habitación en una pensión y que cogiera los bártulos mas necesarios y me fuera p'allá.

El viaje fue casi una odisea.

Barcelona -Huesca, menos de 300 Km. en un tren de esos de acabar molido. Mas de 6 horas.
Huesca-Jaca, entre 50 y 80 Km. en un tren que parecía casi del siglo anterior, por entre montañas, con un precipicio en uno de los lados. 3 horas o mas.
Llegué casi a última hora de la tarde.
Él me esperaba en la estación. Fuimos primero a dejar las cosas y luego me llevó al cuartel a que su capitán me conociera y viera que era cierto que yo iba a vivir allí a partir de aquel día y que su pase pernocta era por un motivo real.


El capitán era... de risa.
Se parecía muchísimo a Louis de Funes, un cómico francés muy popular por aquel tiempo. Este que veis aquí.
Se hizo popular, (el actor) por interpretar a un gendarme francés un poco patoso.

El capitán Martinéz, al que llamaban capitán martinico a sus espaldas, me besó la mano con una media reverencia cuando mi ex me presentó y a mi me costó horrores aguantarme la risa.

Ya mi ex me había advertido del parecido y pedido que por favor no me riera, pero lo del besamanos me llegó al alma.

De lo que viví en Jaca, que fue mucho, os hablaré próximamente.