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dimecres, 25 de juliol del 2018

De todo un poco


Desde que dejé el trabajo en la tienda de juguetes, como he dicho peregriné por varios lugares.
En algunos era evidente que solo buscaban trabajadores sin cobrar pues te decían que una semana a prueba y si veían que funcionabas te harían contrato.
Piqué un par de veces.

Entonces encontré empleo de dependienta en una tienda de ropa de la calle Borrello, la misma en la que yo vivía, casi enfrente del mercado de San Antonio.

El primer día la dueña me dijo que bajara al almacén a ordenar un poco y así me haría a la idea de las prendas que se vendían allí.
Me pareció lógico y allá que fui.

Al día siguiente lo mismo, y el otro y el siguiente.

El viernes a mediodía me atacó una migraña bestial.

Por aquel entonces era propensa a sufrirlas. Empezaba con un problema de visión que no se si sabré explicaros.
Imaginad que en lugar de ver todo lo que abarcan vuestros ojos, solo veis nítido lo que hay dentro de un círculo y el resto lo veis borroso, como si lo vierais a través de un cristal bajo la lluvia, o algo parecido y si queréis mirar algo que no queda dentro de ese círculo os veis obligados a girar la cabeza para enfocarlo.
Al rato desaparecía este efecto y entonces aparecía el dolor de cabeza.

Tan fuerte era, que la única forma de que se me pasara era tomarme un par de pastillas, lo más fuertes posibles y tumbarme en la cama a oscuras.

Pues bien, eso me pasó ese día y no pude ir a trabajar, así que mi suegra les fue a avisar.

Al día siguiente, cuando llegué a la tienda, la doña me echó la bronca y yo me cuadré y le dije que se podía meter el empleo en el culo.
Que a mi me había contratado como dependienta y no como chica de la limpieza. Que si necesitaba a una hablara con mi suegra.

Ella iba a replicar pero yo me di la vuelta, la dejé con la palabra en la boca y salí de allí dando un portazo que casi le rompo el cristal.

Después de eso entré a trabajar en el propio mercado, en una parada de fruta.

Había allí dos tipos de paradas de fruta. Las caras y las baratas.
En las caras había fruta en perfectas condiciones.

En las baratas había fruta que podía estar un poco tocada, golpeada, o a punto de ir a la basura.
Eran partidas en las que había una mezcla de todo y la parada se montaba poniendo delante la buena y detrás la no tan buena y a la hora de despachar iba un poco de todo en la bolsa.

A veces la diferencia era tan abismal que se clasificaba y se vendía por separado.

Estuve un par de meses en el mercado y me lo pasé bien, pero se empezaba a trabajar a las 7 de la mañana y cuando empezó a refrescar se me hizo muy cuesta arriba, así que mi suegra un día me dijo que se había enterado de que una señora con 4 hijos necesitaba una chica para todo, y que si me interesaba.
Le dije que si y así empecé a trabajar para aquella mujer y sus 4 diablillos.

Pero eso merece capítulo aparte.

P.S. Durante años nadie, ningún médico, supo decirme a qué podían deberse esas migrañas y solo se limitaban a recetarme analgésicos a cual más fuerte, hasta que un buen día me visitó uno que al explicarle lo que me pasaba me dijo que le extrañaba que nadie hubiera sabido decirme lo que era pues era de libro. Que era una jaqueca oftálmica y que se debía a una sobrecarga del nervio óptico que afectaba a no se que otro lugar.
Hoy en día no se si tenía razón o no.
Sí puedo decir con las pastillas que me recetó y que tenía que tomarme en cuanto empezaba el episodio de la visión, no me daba dolor de cabeza.

También puedo decir que en algún momento, aunque no sabría decir cuando, pero hace ya muchos años, dejé de sufrir esos ataques.

Desde entonces, en alguna ocasión, se me nubla un poco la vista como entonces, pero desaparece al poco rato sin más consecuencias.

Bragas y juguetes


Cuando volvimos del viaje nos pusimos a buscar trabajo y después de muchos fracasos vi que en Fajas Jumar, una tienda muy conocida de Barcelona, pedían una dependienta.
Se trataba de una sucursal que había en Travesera de Gracia, casi esquina a Torrent de l'Olla, justo enfrente del mercado, no en la tienda de Calvet.
Allá que fui y me entrevistó un hombre algo mayor que yo, que en aquel momento tenía 21 años.
Me hizo unas cuantas preguntas acerca de mis conocimientos del oficio y al decirle que había trabajado en unos almacenes y en Pio Rubert Laporta, la tienda de bolsos, no dudó en aceptarme.
Pasados unos días me pidió la documentación para hacer el contrato y entonces, al ver que estaba casada quiso saber porqué no se lo había dicho y le dije que él no lo había preguntado y yo estaba harta de ser rechazada por ese motivo.
Le hizo gracia el ingenio pero me preguntó si tenía pensado quedarme embarazada pronto o qué y le dije que podía estar tranquilo, que hasta que mi marido no regresara de la mili no teníamos intención de ir a por la criatura y que a él aún no le habían llamado, así que me aceptó definitivamente.

La tienda tenía dos secciones; a la derecha, conforme se entraba, estaba la sección de corsetería.
Bragas, fajas, sujetadores y camisones para todo tipo de personas y de posibles.

A la izquierda la sección de juguetería.

Por lo que supe a los pocos días, quien me había entrevistado era el marido de la dueña de Fajas Jumar, que le había montado aquel capricho a su marido a condición de que se vendieran sus artículos.

Como estaba cerca la campaña navideña, pasé muchos días jugando con los juguetes que había a la venta, a fin de acostumbrarme a su uso, porqué en aquel entonces los juguetes se probaban antes de salir de la tienda para evitar decepciones a los niños asegurándonos que funcionaban perfectamente, ya que a mi me habían contratado para ese fin.

Pese a eso, si entraban clientes en la sección de corsetería y la encargada estaba atendiendo a otra persona, yo tenía que atender también y en aquel tiempo no dejabas a la clientela apañarse sola, sinó que en cuanto se habían colocado lo que fuera en el probador, entrabas a ayudar a abrochar sujetadores o lo que hiciera falta.

Para mi fue toda una experiencia que me sirvió para ver los posibles defectos de las personas desde la perspectiva de la modista.
Cinturas desequilibradas, pechos que miraban a todas partes y otros detalles que no se aprecian a simple vista y supe que yo sufría de una leve desviación de la columna pues también tengo la cintura desequilibrada, mas marcada de un lado que de otro, (cuando no parecía un tonel), por que una mujer que la tenía así me dijo a qué era debido.

En aquella tienda empecé a fumar mas o menos en serio y me enganché a la Coca cola.

La encargada se pasaba el día fumando y se bebía las cocacolas por litros y yo acabé haciendo lo mismo.

Pero no me envicié demasiado con el tabaco pues no me tragaba el humo.

El dia 5 de enero, después de unas navidades muy movidas en ambos sectores de la tienda, fue el cacao del siglo. ¡La cantidad de gente que vino a comprar juguetes! 
Algunos los tenían reservados y solo era recogerlos y acabar de pagarlos; personas que no sabían donde esconderlos hasta llegar el dia y no querían arriesgarse a que los niños los encontraran antes de tiempo.

También allí nos pagaron la comida y la cena, en un restaurante bastante bueno de Torrent de l'Olla que ya no existe, como tampoco la tienda, que ahora está cerrada aunque me parece que es el almacén del supermercado que hay justo al lado.

Dos meses después de reyes, el dia de mi cumpleaños, mi suegra me regaló cinco mil pesetas para que me comprara lo que quisiera y yo, sin pensármelo dos veces, me compré un conjunto de sujetador y braguita, muy sexy, de Dior,
Cuando lo vio casi le da un pasmo.
Acostumbrada a sujetadores de cuatro duros y a bragas de dos, que me hubiese gastado aquella fortuna en algo así, era algo que escapaba a su comprensión.

Pero yo me sentía muy especial cuando lo llevaba puesto aunque no se viera.

Poco después llegó la carta de llamada a servicio militar de mi futuro ex y me convenció para que cambiara de empleo y buscara algo más cerca de casa pues él no iba a poder venir a buscarme si salía tarde o pasaba algo, aunque lo que no quería era que el jefe tuviera la más mínima oportunidad de ligarme.
Le hice caso, pues tampoco era cosa de que se fuera mosqueado y a mi me daba igual trabajar ahí que en otro sitio.

Y empezó un peregrinaje por varios empleos que me duraron poco por un motivo u otro.
Pero esto lo dejo para la próxima.


dimecres, 4 de juliol del 2018

El viaje. 2ª parte

Llegamos a casa de sus abuelos que quedaba, mas o menos, por donde cristo perdió la zapatilla a mano izquierda.

Un pueblo, si es que puede llamarse así a cuatro casas perdidas en el desierto, rodeadas de chumberas por todas partes, sin agua, sin luz, sin servicios, sin nada.

Cuando pregunté donde estaba el lavabo se rieron a carcajadas diciendo que tenía todo el campo para mi sola.

¿Que queréis que os diga? Yo soy persona de ciudad. A mi eso de bajarme los pantalones o las bragas en mitad de la nada, como que mucha gracia no me hacía, pero era lo que había. A apechugar tocan.

El agua se iba a buscar con un burro a una fuentecita que había a unos kilómetros de allí.

Aquí podéis ver a los dos burros, con la tinaja llegando a la fuente a la que llamaban la mina.

Era para llevarse la odisea y leerla antes de que el cántaro se hubiese llenado, de no ser porqué no se aguantaba solo y había que vigilarlo para que no se cayera y se rompiera.

El abuelo era muy gracioso.
Le metía una piedra en la oreja al burro y le preguntaba: ¿Quieres ir a la mina? Y como el burro sacudía la cabeza para quitarse la piedra me decía, ¿ves?, el tampoco quiere ir.

Me enseñó a pelar higos chumbos, que están muy ricos, sin pincharme, aunque casi siempre me los pelaba él y como quien no quiere la cosa me ponía la mano en el muslo diciendo: que suerte ha tenido mi nieto!.

Conocí a sus hijos, a sus nietos y a algún bisnieto y excepto por el tema de los sanitarios no estuvo tan mal el poblacho.

Aquí una foto de dos de sus nietas, en casa de una vecina de los abuelos donde se hizo un encuentro familiar. 

Estas mismas chicas estuvieron en Barcelona, cada una por su cuenta, años después.
La mayor a poco de nacer mi hija pequeña y la otra cuando mis hijas eran ya algo mas mayorcitas.
Fuimos a la playa y posaron así para la foto.

 

Al cabo de unos quince día emprendimos el regreso a Barcelona ya de tirón, sin pararnos a ver nada más.

El viaje, intermedio, Granada.

Llegamos a Granada pasadas las seis de la tarde y la Alhambra ya había cerrado sus puertas, así que buscamos donde alojarnos y él se fue a aparcar el coche mientras yo acomodaba lo imprescindible.

Cuando regresó fuimos a cenar y después a dormir para ir al dia siguiente a visitar el famosísimo  conjunto arquitectónico.

Al levantarnos, después de desayunar un poco, me dijo que recogiera las cosas que él iba a por el coche, que lo tenía a la vuelta de la esquina.

Al cabo de una hora o mas, se presenta en el hotel, a pie, coge una de las maletas, yo la otra y el neceser y nos fuimos al sitio donde había aparcado.

Allí, junto al coche, vi a un par de personas metidas en el motor. (No dentro, claro está).

Y me contaron la película.

La noche anterior, como no encontraba donde dejar el coche legalmente lo dejó delante de un parking del Parque móvil de la ciudad, con un mensaje de donde iba a estar.

Al ir a cogerlo el coche no quiso arrancar, así que abrió el capó del motor y se quedó mirando a ver si se arreglaba por algún milagro, pues él de mecánica menos que yo que no tenía ni zorra idea.

Un hombre se le acercó y le dijo: ¿Necesitas ayuda? a lo que mi ex repuso: Me ira muy bien porqué no entiendo de motores y no arranca.

El hombre llamó a otro y le echaron un vistazo.

Resultó que había ido perdiendo líquido de frenos y gasolina pues tenía picadas las mangueras.

Le dijeron que era un auténtico milagro que no nos hubiera pasado nada, pues no hubiese podido frenar al cabo de poco y además del goteo de la gasolina podía resultar una explosión si cualquier canto de alguna carretera hubiese provocado un chispazo en el momento menos oportuno.

Le ayudaron a arreglarlo, le cambiaron lo que había que cambiar y charla que te charla resultó que... (el mundo es un pañuelo)... era hermano de la que había sido la ayudante de la comadrona que me trajo al mundo. La mujer que trabajaba en una parada de marisco del mercado de San Antonio.

También le dijeron que si en lugar de responder sinceramente que no tenía ni idea, se hubiese hecho el machito con un gracias, yo me apaño, hubiesen llamado a la grua para que se llevara el coche, pues ellos eran los chóferes de los coches del parque móvil.

A todo eso era ya hora de comer y nos dijeron que no valía la pena esperar para ver la Alhambra, pues la mitad estaba en obras de acondicionamiento. Que lo dejáramos para otra ocasión, cuando se anunciara a bombo y platillo que la habían arreglado.

Así que después de comer algo continuamos viaje a Murcia a casa de sus abuelos.


No tengo más fotos de ese día que ésta, tomada en Motril, donde paramos a pasar la noche y la pongo más que nada, para que os hagáis una idea del largo de las faldas que llevaba por aquel entonces.

La chaqueta y su jersey los compramos en alguno de los lugares en los que paramos después de Zaragoza, pues no queríamos pasar otra noche tiritando.

No se quien nos hizo la foto ni qué me llamó la atención para mirar hacia la derecha en el momento en que ese alguien disparaba.

Como dirían en la tele: Cosas del directo.

Una luna de miel atrasada

La temporada de verano acabó a mediados de Septiembre, así que nos dispusimos a realizar un viaje por España. Nos habíamos ganado el descanso, tras 6 meses de trabajo duro y no habíamos tenido luna de miel propiamente dicha. Aquel viaje iba a serlo.

Por cierto: El regreso a casa fue épico.
Ya existía la autopista que unía Barcelona con Gerona y estando en ella nos quedamos casi sin gasolina, así que mi ex paró a repostar en un área de servicio.
No sabría decir qué demonios hizo para salir del área, pero al cabo de unos minutos de rodar de nuevo por la autopista me di cuenta de que las flechas que indicaban la dirección venían contra nosotros, no iban en la dirección del vehículo, señal inequívoca de que íbamos contra dirección.
Por suerte apenas había tráfico a esa hora y pudo dar la vuelta sin mayor problema.

El día antes de la merced o el anterior, metimos las maletas en el coche y emprendimos viaje.
Primera parada Zaragoza.
Ya en carretera podíamos haber imaginado lo que iba a pasar en Zaragoza, pues los atascos en los puertos de montaña que había en aquella época eran de órdago, pero no nos dimos cuenta de ello.

Llegamos a Zaragoza ya entrada la noche y como resultaba que era un fin de semana con puente, más año santo o algo parecido, Zaragoza estaba hasta los topes. Ni una sola habitación libre en ninguno de los hoteles que preguntamos.
¡Que se le va a hacer! Dormiremos en el coche.

Como mi ex era muy inteligente no se le ocurrió mirar si los asientos eran abatibles, que lo eran y dormimos en la parte de sentarse. Yo encogida en el de atrás y el entre los dos de delante.

Aunque yo también demostré ser muy inteligente pues no había puesto ni una simple rebeca en la maleta. Todo era ropa de verano. Y en el sur, a donde íbamos, si que haría calor, pero en Zaragoza y de noche hacía una rasca que pa que.
Nos tapamos como buenamente pudimos y ¡hale! a dormir.

Al día siguiente seguimos viaje hacia el Monasterio de Piedra, sin quedarnos a ver nada de Zaragoza.
Hice muchas fotos, pero las pocas que conservo no están en muy buenas condiciones. Es el problema de las fotos hechas con máquinas analógicas si no están muy bien reveladas. Pierden color y contraste hasta que la imagen es casi irreconocible. Sobre todo las hechas con flash. Pues las hechas con luz de sol se ven bastante mejor. De todas las que hice solo se conserva bien ésta.

Esto es Nuévalos, un pueblecito que hay justo antes de llegar al Monasterio y que se ve así tras subir una cuesta.

El monasterio de piedra es un paraje donde el agua es la protagonista.

Cascadas, lagos y riachuelos en un entorno semi-creado por la mano del hombre.

De allí a Toledo, Talavera de la Reina y Madrid. 

En Madrid, después de dar mil vueltas entre la plaza de la Cibeles y la de Neptuno, y tras parar en un kiosco para que me bajara a comprar un plano de la ciudad, recogerme en la siguiente vuelta y lograr salir de allí, encontramos un hostal o pensión muy limpita donde pasar un par de noches.

Visitamos lo imprescindible, algo del Prado, el museo de cera y el retiro.
La foto del vestido que he colocado en esta entrada está tomada allí, en el parque del retiro.

De Madrid a un pueblo de Badajoz, pasando por Cáceres y Ciudad Trujillo, a visitar a los padres de un amigo de mi ex, a los que ayudamos en la vendimia el día que estuvimos allí y de quien aprendí que uvas con queso saben a beso, mientras saboreaba ambas cosas.

Aquí podeis verme en plena vendimia, con la madre del amigo.

Fue divertido porqué no lo hicimos más que por ayudar. Imagino que para quien ésto es un trabajo debe ser muy pesado.

De allí fuimos a Andalucía.

Empezamos en Córdoba, visitando la mezquita y después Sevilla, de la que me enamoré.

Aquí podéis verme sentada en las almenas de la Torre del oro, con la giralda y la catedral encuadrada a mi espalda.

No es que estuviera enojada, es que el sol en los ojos me provoca siempre un gesto de mal humor pues me molesta muchísimo.

En Sevilla visitamos a un compañero de trabajo de mi ex que estaba haciendo la mili allí.

Y por supuesto la giralda, la Torre del oro, el barrio de santa cruz, la plaza de España con sus mosaicos dedicados a cada una de sus 50 provincias y el parque de María Luisa, que ya otoñeaba, pese al calor.

De allí íbamos a ir a Murcia, a ver a sus abuelos.
 Ya en la carretera vi la indicación del desvío para ir a Granada y le dije que me gustaría ver la Alhambra. El dijo que otro día, yo le dije que este cuento ya me lo sabía y me enfurruñé hasta que dio media vuelta y puso rumbo a Granada para ver la Alhambra.


Pero esta es otra historia que contaré en el siguiente capítulo de este viaje.