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diumenge, 20 de maig del 2018

En un portaaviones

Pues si, estuve en un portaaviones de la armada yanqui e incluso me dieron una vuelta cortita y bajita, en helicóptero.


No recuerdo la edad, pero debía tener unos 7 u 8 años, cuando invitaron a varios colegios a visitar un portaaviones de la armada americana que estaba anclado en el puerto de Barcelona. No en el mismísimo puerto, sinó un poco, bastante, mar adentro, pues no cabían en el puerto.

Para llegar al barco nos recogieron en unas barcas enormes. Ïbamos todos, niños y maestros, en varias barcas de esas. Llegábamos al costado del barco y los marineros nos aupaban y nos ayudaban a subir por la escala, un poco en volandas. A los más pequeños incluso se nos pasaban de uno a otro, pues los escalones estaban muy separados para nuestras piernas.

Lo divertido fue ver a las monjas mojigatas poniendo el grito en el cielo porque los marineros las cogían del culo para ayudarlas a subir.

Una vez arriba nos llevaron a un comedor inmeeeeeeeeeeeeeeeeeeeenso donde había una mesas mas largas que mi calle.

Nos sentaron a las mesas, nos dieron merienda y nos pusieron cortos de dibujos animados en una pantalla como de cine.

Creo que fue mi primer contacto con Mickey, Donald y su pandilla. 
En blanco y negro, y sin entender ni una palabra, pero nos reimos todos muchísimo.



Después de la merienda nos subieron a cubierta y a los que nos atrevimos nos dieron una vuelta en helicóptero.

Para una chiquilla que casi no había salido nunca ni del barrio, fue toda una experiencia.


Algunos años más tarde, los marineros en sus barcos seguían pasando por la ciudad camino de vete a saber donde.


Solía coincidir con el dia de colecta para el domund, o las misiones, o alguno de esos inventos de las monjas para recaudar dinero y todas nos rifábamos ir a la Rambla a recolectar ya que como ellos no tenían pesetas, les decíamos que no se preocuparan, que las monjas lo cambiarían, que lo pusieran en la hucha especial para monedas extranjeras.

Y antes de volver al colegio nos íbamos a merendar con lo recaudado en la hucha especial, que habíamos abierto y vaciado y cambiado en alguna de las casas de cambio que había en la misma Rambla.

Pensándolo ahora, en perspectiva, me asombra que nos hicieran caso, tanto ellos como los cambistas.

¡Ah! Y algo he de decir: Nunca nos estafaron, porqué todas estábamos al quite del cambio de las disitintas divisas, que por algo estudiábamos, jajjajaja.

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