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divendres, 3 d’agost del 2018

De cuando estuve de empleada del hogar.

Pues si, eso es lo que era en realidad. Aunque me dijo la jefa que lo primordial era el cuidado de sus hijos, en realidad yo era su criada.

Era una familia de 6 personas: el matrimonio y 4 hijos de 6, 4, 2 y 0 años. Jordi, Oriol, Ignasi y Xavier.

Ella era la hija de un pintor de una cierta fama entre los aficionados y coleccionistas. 
El era... no lo se. El que ganaba la pasta. 
No recuerdo haberle visto ni una sola vez y si en algún momento apareció por la casa ni me acuerdo.

Tenía que llegar a la casa (un piso de cerca de donde yo vivía) poco antes de las 9 de la mañana que era la hora en que la jefa salía con los dos mayores para llevarles al colegio.

Mientras ella me daba las instrucciones del día, yo me ponía el uniforme de chacha y en cuanto salía por la puerta tenía que ponerme a hacer la limpieza habitual, barrer, fregar (de rodillas y sin mocho pues a la señorona no le gustaba que se fregara con mocho) y quitar el polvo.
Para la limpieza mas a fondo o mas pesada, le venía una mujer cada martes.

Si en algún momento uno de los dos peques que se quedaban en casa me necesitaba ellos eran la prioridad.

El primer o el segundo día me encontré unos billetes en el suelo de su habitación, casi debajo de la cama. Los recogí, lo dejé encima del mueble del comedor, debajo de un cenicero o algo así y continué con mi labor.

Cuando llegó a mediodía le dije que los había encontrado y donde los había dejado. Me dio las gracias, puso una excusa tipo: Se le deben haber caído a mi marido, que no engañó a nadie y aquí paz y allá gloria.

Los peques eran un amor.

El segundo era muy celoso. Tenía celos del mayor y de los pequeños, cosa bastante habitual en los hermanos medianos, sin embargo el mayor no aparentaba estar celoso de ninguno y se notaba que quería mucho a los otros.

En el tiempo que estuve allí fue el cumpleaños de casi todos, pero el más anecdótico fue el del mayor. 

Los peques coleccionaban cochecitos de esos que son reproducciones a escala de los de verdad y aunque tenían muchos cada uno de ellos, sabían perfectamente cual era de quien.
Yo también lo aprendí a fin de evitar jaleos.

Así que el día del cumple del mayor les llevé un cochecito a cada uno.

Al mayor le llevé uno que ya tenía pero que Oriol no tenía y a él uno que no tenía ninguno de los dos.

Cuando abrieron los regalos, Oriol se quedó mirando el coche de su hermano y le dijo que era mas bonito que el que le había dado a él y Jordi le dijo si quería cambiárselo, a lo que Oriol se avino de buen grado.
Así los dos obtuvieron un coche que no tenían y quedaron satisfechos.

La madre, que se percató de lo que había pasado, me dijo: "Desde luego es Vd. buena psicóloga infantil". (Siempre me llamaba de Vd.)

Ella, como he dicho, salía por la mañana y a veces volvía al cabo de un par de horas con la compra y a veces ya no regresaba hasta que los nenes venían a comer. En el primer caso ella les hacía la comida, en el segundo se la hacía yo.

Como es lógico los peques decían que mi comida estaba muy buena (los peques siempre prefieren lo ajeno a lo propio) y muchas veces, aunque la comida la hubiese hecho su madre, cuando se sentaban les decía: Mirad que os ha hecho hoy la Eulalia para comer.

Por las tarde ella se iba a llevar a los nenes al cole y ya no volvía hasta que lo hacía con ellos, con lo que yo les daba la merienda a los dos peques cuando se despertaban de la siesta.

Ignacio se acostumbró a llamarme cuando se despertaba con esta frase: "Lali, Nani ta epert" (Lali, l'Ignasi está despert) y yo iba, le cambiaba el pañal, y lo sentaba a merendar.

Un día que la madre estaba en casa porqué eran vacaciones o algo así, el peque se despertó así y noté que a ella esto de que me llamara a mi no le había hecho mucha gracia, pero no dijo nada, fue a buscar a su hijo y aquí no ha pasado nada.

Yo sabía cocinar, pero me tuve que acostumbrar a su manera de hacer la comida, claro está. Aunque alguna vez le hice alguna cosita especial que a ella no se le hubiese ocurrido.

Estando allí con ellos sucedió la anécdota del conjunto que he explicado en esta entrada.

Mi hora oficial de salida eran las 7 y media, cuando los niños empezaban a cenar, pero muchas veces me dieron las nueve y no por que ella abusara de mi.
No había día que a los peques no se les desmontara algún cochecito o se les estropeara alguna cosa y como vieron que yo sabía arreglarlo, venían a pedirme que lo hiciera.
Normalmente yo estaba haciendo la cena, así que si era algo que requiriera de mas de un minuto les decía que esperaran y que mientras ellos cenaban yo se lo arreglaría.
La madre siempre les decía que no me molestaran, pero a mi me encantan los críos y no me sabía mal quedarme a arreglarles lo que fuera.

Estuve casi un año con ellos. Dejé el trabajo al empezar las vacaciones de verano pues ellos se iban a veranear a algún pueblo de las islas y a mi no me interesaba irme de Barcelona pues mi futuro ex estaba haciendo la mili y si me iba no le vería hasta que volviéramos y no me apetecía, así que dejé el trabajo y me preparé para volver a buscar otra cosa en algún lugar.

dimecres, 25 de juliol del 2018

De todo un poco


Desde que dejé el trabajo en la tienda de juguetes, como he dicho peregriné por varios lugares.
En algunos era evidente que solo buscaban trabajadores sin cobrar pues te decían que una semana a prueba y si veían que funcionabas te harían contrato.
Piqué un par de veces.

Entonces encontré empleo de dependienta en una tienda de ropa de la calle Borrello, la misma en la que yo vivía, casi enfrente del mercado de San Antonio.

El primer día la dueña me dijo que bajara al almacén a ordenar un poco y así me haría a la idea de las prendas que se vendían allí.
Me pareció lógico y allá que fui.

Al día siguiente lo mismo, y el otro y el siguiente.

El viernes a mediodía me atacó una migraña bestial.

Por aquel entonces era propensa a sufrirlas. Empezaba con un problema de visión que no se si sabré explicaros.
Imaginad que en lugar de ver todo lo que abarcan vuestros ojos, solo veis nítido lo que hay dentro de un círculo y el resto lo veis borroso, como si lo vierais a través de un cristal bajo la lluvia, o algo parecido y si queréis mirar algo que no queda dentro de ese círculo os veis obligados a girar la cabeza para enfocarlo.
Al rato desaparecía este efecto y entonces aparecía el dolor de cabeza.

Tan fuerte era, que la única forma de que se me pasara era tomarme un par de pastillas, lo más fuertes posibles y tumbarme en la cama a oscuras.

Pues bien, eso me pasó ese día y no pude ir a trabajar, así que mi suegra les fue a avisar.

Al día siguiente, cuando llegué a la tienda, la doña me echó la bronca y yo me cuadré y le dije que se podía meter el empleo en el culo.
Que a mi me había contratado como dependienta y no como chica de la limpieza. Que si necesitaba a una hablara con mi suegra.

Ella iba a replicar pero yo me di la vuelta, la dejé con la palabra en la boca y salí de allí dando un portazo que casi le rompo el cristal.

Después de eso entré a trabajar en el propio mercado, en una parada de fruta.

Había allí dos tipos de paradas de fruta. Las caras y las baratas.
En las caras había fruta en perfectas condiciones.

En las baratas había fruta que podía estar un poco tocada, golpeada, o a punto de ir a la basura.
Eran partidas en las que había una mezcla de todo y la parada se montaba poniendo delante la buena y detrás la no tan buena y a la hora de despachar iba un poco de todo en la bolsa.

A veces la diferencia era tan abismal que se clasificaba y se vendía por separado.

Estuve un par de meses en el mercado y me lo pasé bien, pero se empezaba a trabajar a las 7 de la mañana y cuando empezó a refrescar se me hizo muy cuesta arriba, así que mi suegra un día me dijo que se había enterado de que una señora con 4 hijos necesitaba una chica para todo, y que si me interesaba.
Le dije que si y así empecé a trabajar para aquella mujer y sus 4 diablillos.

Pero eso merece capítulo aparte.

P.S. Durante años nadie, ningún médico, supo decirme a qué podían deberse esas migrañas y solo se limitaban a recetarme analgésicos a cual más fuerte, hasta que un buen día me visitó uno que al explicarle lo que me pasaba me dijo que le extrañaba que nadie hubiera sabido decirme lo que era pues era de libro. Que era una jaqueca oftálmica y que se debía a una sobrecarga del nervio óptico que afectaba a no se que otro lugar.
Hoy en día no se si tenía razón o no.
Sí puedo decir con las pastillas que me recetó y que tenía que tomarme en cuanto empezaba el episodio de la visión, no me daba dolor de cabeza.

También puedo decir que en algún momento, aunque no sabría decir cuando, pero hace ya muchos años, dejé de sufrir esos ataques.

Desde entonces, en alguna ocasión, se me nubla un poco la vista como entonces, pero desaparece al poco rato sin más consecuencias.

Bragas y juguetes


Cuando volvimos del viaje nos pusimos a buscar trabajo y después de muchos fracasos vi que en Fajas Jumar, una tienda muy conocida de Barcelona, pedían una dependienta.
Se trataba de una sucursal que había en Travesera de Gracia, casi esquina a Torrent de l'Olla, justo enfrente del mercado, no en la tienda de Calvet.
Allá que fui y me entrevistó un hombre algo mayor que yo, que en aquel momento tenía 21 años.
Me hizo unas cuantas preguntas acerca de mis conocimientos del oficio y al decirle que había trabajado en unos almacenes y en Pio Rubert Laporta, la tienda de bolsos, no dudó en aceptarme.
Pasados unos días me pidió la documentación para hacer el contrato y entonces, al ver que estaba casada quiso saber porqué no se lo había dicho y le dije que él no lo había preguntado y yo estaba harta de ser rechazada por ese motivo.
Le hizo gracia el ingenio pero me preguntó si tenía pensado quedarme embarazada pronto o qué y le dije que podía estar tranquilo, que hasta que mi marido no regresara de la mili no teníamos intención de ir a por la criatura y que a él aún no le habían llamado, así que me aceptó definitivamente.

La tienda tenía dos secciones; a la derecha, conforme se entraba, estaba la sección de corsetería.
Bragas, fajas, sujetadores y camisones para todo tipo de personas y de posibles.

A la izquierda la sección de juguetería.

Por lo que supe a los pocos días, quien me había entrevistado era el marido de la dueña de Fajas Jumar, que le había montado aquel capricho a su marido a condición de que se vendieran sus artículos.

Como estaba cerca la campaña navideña, pasé muchos días jugando con los juguetes que había a la venta, a fin de acostumbrarme a su uso, porqué en aquel entonces los juguetes se probaban antes de salir de la tienda para evitar decepciones a los niños asegurándonos que funcionaban perfectamente, ya que a mi me habían contratado para ese fin.

Pese a eso, si entraban clientes en la sección de corsetería y la encargada estaba atendiendo a otra persona, yo tenía que atender también y en aquel tiempo no dejabas a la clientela apañarse sola, sinó que en cuanto se habían colocado lo que fuera en el probador, entrabas a ayudar a abrochar sujetadores o lo que hiciera falta.

Para mi fue toda una experiencia que me sirvió para ver los posibles defectos de las personas desde la perspectiva de la modista.
Cinturas desequilibradas, pechos que miraban a todas partes y otros detalles que no se aprecian a simple vista y supe que yo sufría de una leve desviación de la columna pues también tengo la cintura desequilibrada, mas marcada de un lado que de otro, (cuando no parecía un tonel), por que una mujer que la tenía así me dijo a qué era debido.

En aquella tienda empecé a fumar mas o menos en serio y me enganché a la Coca cola.

La encargada se pasaba el día fumando y se bebía las cocacolas por litros y yo acabé haciendo lo mismo.

Pero no me envicié demasiado con el tabaco pues no me tragaba el humo.

El dia 5 de enero, después de unas navidades muy movidas en ambos sectores de la tienda, fue el cacao del siglo. ¡La cantidad de gente que vino a comprar juguetes! 
Algunos los tenían reservados y solo era recogerlos y acabar de pagarlos; personas que no sabían donde esconderlos hasta llegar el dia y no querían arriesgarse a que los niños los encontraran antes de tiempo.

También allí nos pagaron la comida y la cena, en un restaurante bastante bueno de Torrent de l'Olla que ya no existe, como tampoco la tienda, que ahora está cerrada aunque me parece que es el almacén del supermercado que hay justo al lado.

Dos meses después de reyes, el dia de mi cumpleaños, mi suegra me regaló cinco mil pesetas para que me comprara lo que quisiera y yo, sin pensármelo dos veces, me compré un conjunto de sujetador y braguita, muy sexy, de Dior,
Cuando lo vio casi le da un pasmo.
Acostumbrada a sujetadores de cuatro duros y a bragas de dos, que me hubiese gastado aquella fortuna en algo así, era algo que escapaba a su comprensión.

Pero yo me sentía muy especial cuando lo llevaba puesto aunque no se viera.

Poco después llegó la carta de llamada a servicio militar de mi futuro ex y me convenció para que cambiara de empleo y buscara algo más cerca de casa pues él no iba a poder venir a buscarme si salía tarde o pasaba algo, aunque lo que no quería era que el jefe tuviera la más mínima oportunidad de ligarme.
Le hice caso, pues tampoco era cosa de que se fuera mosqueado y a mi me daba igual trabajar ahí que en otro sitio.

Y empezó un peregrinaje por varios empleos que me duraron poco por un motivo u otro.
Pero esto lo dejo para la próxima.


dimecres, 4 de juliol del 2018

El viaje. 2ª parte

Llegamos a casa de sus abuelos que quedaba, mas o menos, por donde cristo perdió la zapatilla a mano izquierda.

Un pueblo, si es que puede llamarse así a cuatro casas perdidas en el desierto, rodeadas de chumberas por todas partes, sin agua, sin luz, sin servicios, sin nada.

Cuando pregunté donde estaba el lavabo se rieron a carcajadas diciendo que tenía todo el campo para mi sola.

¿Que queréis que os diga? Yo soy persona de ciudad. A mi eso de bajarme los pantalones o las bragas en mitad de la nada, como que mucha gracia no me hacía, pero era lo que había. A apechugar tocan.

El agua se iba a buscar con un burro a una fuentecita que había a unos kilómetros de allí.

Aquí podéis ver a los dos burros, con la tinaja llegando a la fuente a la que llamaban la mina.

Era para llevarse la odisea y leerla antes de que el cántaro se hubiese llenado, de no ser porqué no se aguantaba solo y había que vigilarlo para que no se cayera y se rompiera.

El abuelo era muy gracioso.
Le metía una piedra en la oreja al burro y le preguntaba: ¿Quieres ir a la mina? Y como el burro sacudía la cabeza para quitarse la piedra me decía, ¿ves?, el tampoco quiere ir.

Me enseñó a pelar higos chumbos, que están muy ricos, sin pincharme, aunque casi siempre me los pelaba él y como quien no quiere la cosa me ponía la mano en el muslo diciendo: que suerte ha tenido mi nieto!.

Conocí a sus hijos, a sus nietos y a algún bisnieto y excepto por el tema de los sanitarios no estuvo tan mal el poblacho.

Aquí una foto de dos de sus nietas, en casa de una vecina de los abuelos donde se hizo un encuentro familiar. 

Estas mismas chicas estuvieron en Barcelona, cada una por su cuenta, años después.
La mayor a poco de nacer mi hija pequeña y la otra cuando mis hijas eran ya algo mas mayorcitas.
Fuimos a la playa y posaron así para la foto.

 

Al cabo de unos quince día emprendimos el regreso a Barcelona ya de tirón, sin pararnos a ver nada más.

El viaje, intermedio, Granada.

Llegamos a Granada pasadas las seis de la tarde y la Alhambra ya había cerrado sus puertas, así que buscamos donde alojarnos y él se fue a aparcar el coche mientras yo acomodaba lo imprescindible.

Cuando regresó fuimos a cenar y después a dormir para ir al dia siguiente a visitar el famosísimo  conjunto arquitectónico.

Al levantarnos, después de desayunar un poco, me dijo que recogiera las cosas que él iba a por el coche, que lo tenía a la vuelta de la esquina.

Al cabo de una hora o mas, se presenta en el hotel, a pie, coge una de las maletas, yo la otra y el neceser y nos fuimos al sitio donde había aparcado.

Allí, junto al coche, vi a un par de personas metidas en el motor. (No dentro, claro está).

Y me contaron la película.

La noche anterior, como no encontraba donde dejar el coche legalmente lo dejó delante de un parking del Parque móvil de la ciudad, con un mensaje de donde iba a estar.

Al ir a cogerlo el coche no quiso arrancar, así que abrió el capó del motor y se quedó mirando a ver si se arreglaba por algún milagro, pues él de mecánica menos que yo que no tenía ni zorra idea.

Un hombre se le acercó y le dijo: ¿Necesitas ayuda? a lo que mi ex repuso: Me ira muy bien porqué no entiendo de motores y no arranca.

El hombre llamó a otro y le echaron un vistazo.

Resultó que había ido perdiendo líquido de frenos y gasolina pues tenía picadas las mangueras.

Le dijeron que era un auténtico milagro que no nos hubiera pasado nada, pues no hubiese podido frenar al cabo de poco y además del goteo de la gasolina podía resultar una explosión si cualquier canto de alguna carretera hubiese provocado un chispazo en el momento menos oportuno.

Le ayudaron a arreglarlo, le cambiaron lo que había que cambiar y charla que te charla resultó que... (el mundo es un pañuelo)... era hermano de la que había sido la ayudante de la comadrona que me trajo al mundo. La mujer que trabajaba en una parada de marisco del mercado de San Antonio.

También le dijeron que si en lugar de responder sinceramente que no tenía ni idea, se hubiese hecho el machito con un gracias, yo me apaño, hubiesen llamado a la grua para que se llevara el coche, pues ellos eran los chóferes de los coches del parque móvil.

A todo eso era ya hora de comer y nos dijeron que no valía la pena esperar para ver la Alhambra, pues la mitad estaba en obras de acondicionamiento. Que lo dejáramos para otra ocasión, cuando se anunciara a bombo y platillo que la habían arreglado.

Así que después de comer algo continuamos viaje a Murcia a casa de sus abuelos.


No tengo más fotos de ese día que ésta, tomada en Motril, donde paramos a pasar la noche y la pongo más que nada, para que os hagáis una idea del largo de las faldas que llevaba por aquel entonces.

La chaqueta y su jersey los compramos en alguno de los lugares en los que paramos después de Zaragoza, pues no queríamos pasar otra noche tiritando.

No se quien nos hizo la foto ni qué me llamó la atención para mirar hacia la derecha en el momento en que ese alguien disparaba.

Como dirían en la tele: Cosas del directo.