Pàgines

dissabte, 25 d’abril del 2020

El parto.

Como decía, a las dos de la madrugada del día 26 de mayo, mientras jugaba al monopoly con mi hermano rompí aguas y salimos los 3, mi madre, mi hermano y yo, corriendo hacia la residencia de Vall d'Hebron, en la otra punta de la ciudad en todos los sentidos.

En aquellos tiempo aún no se habían inventado los teléfonos móviles ni las redes de taxis, con lo que encontrar uno a las dos i pico de la madrugada en el barrio de mi madre era algo poco menos que imposible.
Por suerte vivíamos cerca de la ronda de Sant Antoni i allá al poco rato de esperar vimos uno libre que nos llevó a la clínica.

A partir de aquí la historia tiene dos partes, por un lado yo ingresada, por el otro ellos dos en una sala de espera sentados, sin tener ni idea de qué estaba pasando.

Por lo que me contó luego mi hermano, hasta media mañana no pudieron hablar con una doctora que les dijo que no se preocuparan, que (palabras textuales) " de hoy no pasa".

Y no, realmente no pasó de ese hoy, lo malo para ellos fue que ese hoy se alargó hasta casi el final del día, pues hasta casi medianoche no les dijeron que podían subir a verme, que ya había tenido a una nena.

Mi hermano siempre me dice: "Desde luego la doctora no se equivocó, no".
Por lo que me cuenta el pasó parte de ese día tumbado en un par de sillas durmiendo mientras esperaban que les avisaran. Mi madre lo hizo sentada.

A alguno de ellos se le ocurrió llamar al padre de la criatura y a las 4 de la tarde le dejaron entrar a verme. Recordad que estaba en jaca, así que, si pienso en la hora en qué debieron avisarle, debió venir, como vulgarmente se dice, cagando leches.

Por lo que a mi respecta entré en la clínica, me subieron a una habitación donde había otras mujeres igual que yo que no dejaban de quejarse y de gritar.

Una doctora me miró, me dijo que había para rato y se fue.
Una enfermera entró, me afeitó por ahí abajo, con una destreza que demostraba la de veces que lo había hecho, pues ni un rasguño y me dejaron dormir tranquilamente.


Yo estaba super bien. No me dolia nada ni parecía que fuera a pasar nada, pero a eso de las 11 de la mañana me visitó otra doctora, dijo que no dilataba y me dió una pastilla para que me la pusiera debajo de la lengua.

Y ahí empezó el calvario.

Las que hayais tenido hijos sabeis a qué me refiero.

Eso duró hasta las 10 de la noche en que me bajaron al paritorio.

Allá me pusieron en el potro de torturas y hale! a apretar y a soltar una y otra vez.

En un momento dado un médico me dijo que un grupo de estudiantes de medicina querían entrar a ver el parto como parte de su educación médica y necesitaban mi permiso.
A mi, en aquellos momentos, me daba igual que entrara la filármonica o quien fuera. Yo solo quería que la criatura saliera de una vez.

Al final me pegaron un corte, la nena salió y alguien me la dio para que la viera.
Ya os podeis imaginar como estaba, sucia, arrugadita, aún colgando del cordón.... la miré y dije: ¡que guapa eres! a lo que la enfermera o lo que fuera aquella mujer dijo: Que tontas sois las madres. Decir que es eso es guapo, tal como están!

El médico preguntó la hora y yo respondí: las diez y media. 
Él se giró y me dijo: ¿Como es que llevas el reloj?
Porqué nadie me ha dicho que me lo quitara. - le respondí-

Una de las doctoras o enfermeras me dió 4 puntos y me dijo que ya podía pasar a la camilla.
Lo hice y lo siguiente que recuerdo es a los chavales que habían entrado a ver el parto dándome bofetones para hacerme volver pues por lo visto me había desmayado a causa de la pérdida de sangre.

Me pusieron un gotero, pusieron a la nena a mis pies y dejaron la camilla en una sala de espera en la que una enfermera iba pasando por mi lado dando palmadas mientras decía: No te duermas, no cierres los ojos, si lo haces quizá no vuelvas a abrirlos y la nena te necesita. 
Y cosas así.
Yo solo quería dormir. Me sentía agotada. Le pregunté: ¿Porqué no dejais que suba alguien a hacerme compañía y me distraiga? Abajo debe estar mi hermano y mi marido... 
Pero ella me dijo: No. Hasta que no pase todo no se les avisa. Acabe como acabe.

En un cierto momento se que me dormí, pero me desperté al poco totalmente despejada. La enfermera me vio y dijo: Ya tienes mejor color. No tardarás en subir a planta.

Y si, al rato estaba en una de las plantas de neonatos con toda la familia alrededor. Mi hermano por primera vez me dijo eso de que la doctora no se había equivocado, pues aún no era medianoche.

Y 3 dias después de eso salía de allí con mi hija y un flotador para sentarme sin que los puntos me dejaran viendo las estrellas.


Este es el edificio de ginecología del Hospital de la Vall d'Hebron. En una de esas ventanas estuve esos 3 días.

Lo interesante de este hospital es la forma en que están distribuidas las habitaciones. 
En cada una hay 4 camas. una en cada esquina, de manera que vistas desde la puerta que está al otro lado de la ventana, tienes 2 camas a la derecha y dos a la izquierda. Si no ha cambiado desde entonces, junto a cada cama hay, en la pared, una cuna que va de la habitación de la madre a la habitación de al lado.
En esa habitación de al lado, a la que dan 4 cunas, 2 de cada una de las habitaciones colindantes, hay una zona para las enfermeras y las madres, para lavar y cuidar a los bebés.
La ventaja de ese sistema es que puedes dejar al bebé tranquilito en esa zona mientras la familia entra a visitarte, o mientras charlas con las otras madres si el bebé está dormidito, pero sigues teniéndole a tu lado, no como en otros sitios que los llevan a otro sitio lejos de ti.

Debo decir que la comida en ese hospital era buenísima. Nos daban un vasito de vino tinto por que decían que eso favorecía la subida de la leche.

A mi nena le costó agarrarse al pezón pero en cuanto le pilló el truco no se soltaba.

Como yo ya había cambiado muchos pañales no tuve ningún problema en hacerlo, vestirla y lo que hiciera falta en esos 3 días, aunque, por lo que me dijeron, pecaba de lo mismo que todas, cambiarla en cuanto me olia que se había hecho un pipí.
Claro que los pañales de entonces no eran como los dodot de ahora y yo no quería que mi nena se irritara si podía evitarlo.

Y como he dicho, 3 dias más tarde salí de allí para ir a pasar unos días a caballo entre la casa de mis padres, donde pasaba el día entero y la casa de unos amigos, donde la nena y yo dormíamos, pues la casa de mis padres era demasiado pequeña para todo lo que teníamos de la peque y ellos disponían de una habitación vacía donde estábamos nosotras dos.

Cada día la metía en el cochecito y autobus arriba, autobús abajo, me movía por la ciudad aprovechando esos días para comprar cosas que iba a necesitar, pasear con mi pequeña, visitar amistades y familiares, etc.

Mientras estuve allá con ellos me pasaron dos cosas que os contaré mañana, porqué hoy ya tengo los hombros que no se si hay una viga en ellos.

Embarazo y parto. 1ª parte

Como dije, yo quería que mi hijo o hija naciera en Barcelona, así que, el mes siguiente a mi partida, volví a casa de mis padres, fui a que me asignaran un médico y me tocó en suerte el hospital de la Vall d'Hebron. 

Cada mes el día antes a la visita empezaba el peregrinaje, pues ir de jaca a Barcelona y viceversa era toda una odisea en aquel tiempo.

A las 7 y media de la mañana tomaba un autocar en Jaca, que llegaba a Huesca a eso de las 10. A los pocos minutos, en otro autocar enfilábamos hacia Lleida, a donde llegábamos a eso de la 1 de la tarde. Comía en algún restaurante no muy lejos de la estación, me iba a dar una vuelta por la ciudad y a las 4 de la tarde me montaba en otro autocar que me llevaba hasta Barcelona.
Llegábamos a las 7 o 7 y media de la tarde a la plaza Universidad.

La primera vez que hice ese viaje, el ver la montaña de montserrat desde la ventanilla, se me cayeron las lágrimas y tuve una sensación de "ya estoy en casa" que muchos entendereis.

Al día siguiente visita médica y al siguiente otra vez me tocaba hacer la excursión en dirección contraria.

Mes tras mes.
Uno de esos meses, al llegar a Barcelona hubo un detalle jocoso.
Resulta que justo enfrente de donde tenía el final el autocar, había, hay, un edificio arriba del cual se lee: Mutua general de seguros contra incendios (o algo así). Pues bien, ese día el edificio estaba incendiado.

El edificio en cuestión.

Cuando ya el embarazo se notaba muchísimo, la gente que subia al autocar en Jaca, temiendo que me mareara me dejaban sentar delante de todo y aunque yo les decia que no, que no había problema, que no me mareaba en ningún sitio, no paraban hasta que me veian allá sentada.
Y lo cierto es que no me mareé nunca excepto un dia, cuando íbamos de regreso, en el que hacía el trayecto Huesca-Jaca, iba yo comiendo pipas y leyendo y el autocar empezó a dar bandazos de cola en las curvas de tal manera que las pipas acabaron saliendo disparadas de mi barriga al suelo.

Cuando ya quedaba solo un mes para salir de cuentas me instalé en casa de mis padres a la espera del momento en que lo que fuese que había en aquella barrigota se decidiera a salir a ver mundo.

En la primera visita que me hicieron al llegar el médico me dijo que tenía que hacer un régimen super estricto pues podía peligrar mi vida en el momento del parto y mi padre, que en aquel momento ya tenía una situación económica bastante más desahogada que cuando yo era pequeña, me dijo que no me preocupara, que lo que hiciera falta, que el me compraba lo que yo necesitara.

A todo eso, el dia 10 de aquel més de mayo era el 25 aniversario de boda de mis padres, sus bodas de plata y mi padre me pidió que le cocinara algo especial para el evento.
Mi abuela le dijo que como me hacía esto, que yo no podría comer de lo que hiciera, pero le dije que a mi no me importaba, que les haría lo que quisieran aunque yo no pudiera comer y mi padre me dijo que me comprara para mi lo que me apeteciera de lo que podia comer, sin importar lo que costara.

Tan solo una noche me salté el régimen.
Me desperté pensando: Chocolate.
Sabía que en la nevera había una tableta de chocolate y no pude mas. Fui y cogí un poco. Mi hermano me pilló, pero no dijo nada.

Y es que con mi hermano me pasaba las noches jugando al parchís, o al monopoly, hasta que nos amanecía.

Como conté en otra entrada, había en el piso dos ventanas que daban a un patinejo donde había las ventanas de todos los vecinos. Desde la cocina de mis vecinos se veia nuestro comedor. 
Una noche, el marido de Mari Tere se fue a lavar la cara para acotarse, miró hacia nuestra casa y nos vio jugando.
Toni, que así se llamaba, se levantaba muy temprano pues trabajaba en una cadena de charcuterías, conduciendo la furgoneta con la que reponian el género a las tiendas. 
El caso es que se levanta, va a la cocina a lavarse la cara, mira hacia nuestra casa y ve que seguíamos jugando. Nos dijo que se despertó de golpe de la impresión, pensando: ¿aún están ahi?


Y si, ahí estábamos. Igual que estábamos aquel día a las dos de la madrugada cuando a mi me entraron ganas de orinar, me levanté, y patachaf! un charco enorme a mis pies, que no era precisamente pipí, pues uno no mea así, como si volcara un cubo.
Mi madre que debía dormir con una oreja levantada y un ojo medio abierto, se levantó, me dijo que eso era que había roto aguas y ¡hale! a la residencia.

Y aquí lo dejo de momento, que he de ir a comprar.

Jaca: 2ª parte

Pasé casi todo el embarazo y los 10 meses siguientes a dar a luz, en Jaca y como es natural hubo varias anécdotas a lo largo de ese tiempo.
Para empezar, en Noviembre de ese año murió el dictador y todos los que estaban haciendo el servicio militar estuvieron acantonados unos días. 
No me refiero a que no pudieran salir del cuartel, pero si que estaban en plan "veremos qué pasa ahora".
La gente de Jaca, sobre todo la gente que había vivido la guerra civil, estaba acojonada.

Mi ex era suministrador de la cocina de oficiales, o sea, el encargado de ir por las tiendas del pueblo comprando lo que el cocinero le pedía para el menu del día ya que, a diferencia de la comida de la tropa, que se pedia al por mayor, la comida de los oficiales era un poco más selecta.
Así cada día hacía un recorrido por la carnicería, la pescatería etc.
De lo que recogía de la carnicería siempre se le escapaba un pollo que venía a parar a casa y como su sueldo era algo muy escaso, yo me las ingeniaba para sacar de aquel pollo más de lo que muchos hubiesen sacado.
Aprendí a desmontarlos, y aprovecharlos al máximo, sobre todo cuando mi hija empezó a tomar papillas.

Anecdota: Un día fui a la pescatería a por algo de marisco para una paella. El dependiente era un muchacho de mi edad más o menos. Le pido mejillones, chirlas, una sepia, unas gambitas arroceras y un par de escamarlanes.
El chaval me mira y me dice: Un par de que??
De eso- le digo señalando lo que quería.
¡Ah! Cigalas! -contesta. Y me las sirve.
No sabía su nombre en castellano, para mi siempre habían sido escamarlans.

A mediodia mi ex viene a comer y se lo cuento entre risas.

Por la tarde mi ex trabajaba en un francfurt. Tenía permiso para ello, pues los milicos tenían prohibido vestir de paisano o trabajar mientras durase el servicio militar, pero el tenía un permiso especial firmado por un teniente coronel al que había sacado de un apuro, pues una noche que el cocinero se había ido de permiso y él tenía un compromiso ineludible, mi ex le había cocinado la cena, coctel de gambas y no se qué mas, con lo que el jefazo había quedado como un rey.

El caso es que la tarde de la paella, estando en el francfurt, se le acerca el de la pescatería, que era amigo suyo y le dice: Hoy ha venido una chalada a comprar y me ha pedido una cosa muy rara.
¿Escamarlanes? - le pregunta mi ex.
¡Si! ¿Como lo sabes?-
Porque es mi mujer- 
El chaval se puso en plan glups!! pero después acabaron riendo los dos.
Y a partir de aquel día si iba a comprar algo me servía con un asomo de carcajada recordando el tema.

Este chaval era novio de una patinadora sobre hielo que había sido muy buena en su tiempo y que se dedicaba al patinaje de forma profesional como ayudante de la profesora de patinaje del club de hielo de Jaca.
Ese año se celebraba allí, en el palacio de hielo, un campeonato de profesionales que cada año se celebraba en un país distinto y por la tarde yo iba a ver los entrenos de los que iban a competir y uno de esos días vi algo que me dejó de piedra.
Mientras entrenaban los profesionales también lo hacían los chavalines que estaban en la escuela de patinaje. Niños y niñas que podían llegar a ser los futuros campeones de patinaje, o no, pero que estaban en ello.
Una de esas tarde, como digo, uno de los mayores estaba patinando de espaldas, a punto de hacer una pirueta, mientras en dirección contraria se acercaba una niña a toda leche.
La colisión era inevitable.
El muchacho lanza la pierna, da media vuelta, ve a la niña, la levanta y sigue patinando con ella hasta poder dejarla en el suelo a salvo en cuanto pudo frenar sin  peligro.

No se si lo he sabido explicar suficientemente bien. Verlo fue de impacto.
Foto del pabellón de hielo. 
Al fondo el Oroel, la montaña que marca el inicio del invierno, o al menos del frio, en todo el valle.

Por las tardes, después de comer y antes de empezar a trabajar en el francfurt, mi ex tenía un par de horas libres y solíamos dedicarlas a jugar al ping pong. Normalmente jugábamos con el cocinero de los oficiales ya que ellos dos se habían hecho muy amigos.
Al otro le flipaba verme a mi con la barriga preñada corriendo de lado a lado para devolverles las pelotas que a veces mi ex me tiraba con efectos.

Me contaron después que si no me enseñaron a esquiar o a patinar sobre hielo era por miedo a que el embarazo se truncara, pero pude haber aprendido de los mejores, pues la escuela militar de Jaca tenía una especie de sucursal en Candanchú donde hacían el servicio los mejores esquiadores y escaladores del país. Hubo allá haciendo la mili, por ejemplo, los que ayudaron a Felix Rodriguez de la Fuente a montar sus parapetos en los lugares más inaccesibles para sus reportajes de "El hombre y la tierra".

Cada mes yo tenía que pasar visita médica con el ginecólogo y el obstetra, pero yo quería que mi hijo/a naciera en Barcelona, así que me acostumbré a bajar cada mes unos días a casa de mis padres, pero de eso mejor hablamos en la siguiente entrada.

divendres, 3 d’agost del 2018

Jaca Primera parte

La habitación estaba en una pensión, cerca de la catedral, regentada por una señora que podía ser mi madre, muy amable y simpática.

Solía alquilar habitaciones a los soldados para que pasaran los fines de semana o los permisos si no se iban a casa, o tuvieran donde ir a ducharse o a echar una siesta etc.

Me comentó que lo mejor era que buscáramos un piso, que ella conocía a todo el mundo y que ya me diría algo y si, a los pocos días nos había encontrado un pisito chiquitín en una casa de 3 plantas, propiedad de 3 hermanos de la edad de mi abuela o casi, que ocupaban la planta primera, tenían gallinas en la planta baja y alquilaban el piso entre el suyo y la buhardilla donde guardaban sus cosas.

Durante los pocos días que estuve en la pensión, le pedí a la dueña que me enseñara a tricotar, pues la veia a ella y esa era una de las poquísimas labores que yo no sabía hacer.

Y una noche, de pie las dos en la cocina, me enseñó a tricotar.

Con la lana que había comprado le hice un jersey a mi futuro ex que a dia de hoy no me pondría ni borracha.

Era una lana verde que hacía aguas. Iba del blanco al verde oscuro y de vuelta al blanco a lo largo de todo el hilo.
Le hice unos rombos en la parte delantera combinando punto al derecho y punto al revés.
Al ser modista, hice un patrón con sus medidas y me basé en él para ir haciendo mangas y escotes.

La buena señora flipó bastante porque normalmente los jerseis se hacen de manera un poco intuitiva y lo aprendí después, pero aquel era el primero.
Me dijo que no era normal complicarse la vida con dibujos en el primer jersey que se hacía, ni tampoco empezar directamente por un jersey. Que lo normal era empezar por una bufanda, pero yo no necesitaba bufandas, así que ¿quien dijo miedo?

Así que al cabo de unas semanas nos trasladamos al piso de la calle de las cambras.
 Pilar, la dueña, me adoptó al momento y todo el tiempo que estuvimos allí me cuidó y se preocupó de mi y de mi hija luego, como si yo fuera su hija y la nena su nieta.

Era fan de Heidi y cada tarde me llamaba en cuanto empezaba el capítulo para que bajara a verlo con ella y tomábamos un vaso de leche (leche de verdad, de vaca ordeñada aquella mañana) con algunas galletas.

Por la mañana bajaba con ella a recoger los huevos de sus gallinas y me reservaba los mejores.

A veces me daba verduras que sus hermanos recogían en un huerto que tenían por aquellos pagos y siempre me decía que me tenía que cuidar por la criatura.

En el piso había muebles bastante hechos polvo y un día se me ocurrió darles una mano de barniz.

Cuando vio lo que estaba haciendo me dijo que subiera con ella a la buhardilla.
Una vez allí me enseñó un montón de muebles que habían ido guardando de sucesivas redecoraciones de su casa, todos en perfectas condiciones, y me dijo que escogiera los que más me gustaran, que su hermano me los bajaría, colocaría y retiraría los que hubiera.

Durante el tiempo que estuvimos allí y mientras él estaba aún de servicio, murió el dictador y hubo miedo entre la gente de Jaca. Ya llegaré a eso.





El principio del fin

Después de la temporada en casa de la familia de la entrada anterior, durante el siguiente permiso de mi ex, hubo tormenta en casa.

Mi suegra se había enterado de que yo le había puesto los cuernos a su hijo y se lo chivó y él me puso de patitas en la calle. Mejor dicho, me envió de vuelta a casa de mis padres.

Si, lo reconozco, se la pegué.
El me la pegaba cada dos por tres, antes y después de la boda y supe que durante un permiso de los que había tenido en semana santa, en lugar de venir a casa se había ido a ver a otra, así que le devolví la pelota.

El caso es que aparecí en casa de mis padres sin trabajo.
Me hicieron un hueco y yo fui a dar una vuelta por el barrio a ver qué había.
Me pasé por la tienda de bolsos a saludar y el jefe me dijo que si me interesaba podía quedarme a hacer suplencias de verano.
Al fin y al cabo yo ya sabía de que iba todo, conocía la tienda, el género, etc. 

Un día mi ex apareció en la puerta.
Me dijo que me echaba de menos, pero que lo que yo había hecho, bla, bla, bla.
Yo le dije que lo suyo tampoco era muy lógico y acabamos en la cama.
Esto se repitió varias veces.

Yo había dejado de tomar anticonceptivos así que pasó lo que tenía que pasar. Cuando supe que estaba embarazada y se lo dije, no sabía si creer que realmente era suyo y en aquel tiempo no se había descubierto el tema del ADN, así que finalmente aceptó que era suyo y me dijo que prepararía el tema para que pudiese ir a vivir a Jaca, donde estaba haciendo la mili.

Por cierto: ¿Recordais como me lo monté para lograr anticonceptivos antes de la boda? Pues casi casi tuve que hacer lo mismo después.

Lo primero que se me ocurrió a mi, recién casada, fue ir a ver al ginecólogo de mi madre y pedirle que me hiciera la receta para no tener que ir de guiri a las farmacias y el viejo me dijo que no. Que si no queríamos hijos no habernos casado. Que él no recetaba esas cosas. Así que fui al médico de cabecera de la seguridad social y por suerte aquel no tenía tantos miramientos y me las recetó.

El caso es que había dejado de tomarlas después de la bronca y ... 

Poco después me llamó y me dijo que ya había hablado con sus superiores, que había encontrado una habitación en una pensión y que cogiera los bártulos mas necesarios y me fuera p'allá.

El viaje fue casi una odisea.

Barcelona -Huesca, menos de 300 Km. en un tren de esos de acabar molido. Mas de 6 horas.
Huesca-Jaca, entre 50 y 80 Km. en un tren que parecía casi del siglo anterior, por entre montañas, con un precipicio en uno de los lados. 3 horas o mas.
Llegué casi a última hora de la tarde.
Él me esperaba en la estación. Fuimos primero a dejar las cosas y luego me llevó al cuartel a que su capitán me conociera y viera que era cierto que yo iba a vivir allí a partir de aquel día y que su pase pernocta era por un motivo real.


El capitán era... de risa.
Se parecía muchísimo a Louis de Funes, un cómico francés muy popular por aquel tiempo. Este que veis aquí.
Se hizo popular, (el actor) por interpretar a un gendarme francés un poco patoso.

El capitán Martinéz, al que llamaban capitán martinico a sus espaldas, me besó la mano con una media reverencia cuando mi ex me presentó y a mi me costó horrores aguantarme la risa.

Ya mi ex me había advertido del parecido y pedido que por favor no me riera, pero lo del besamanos me llegó al alma.

De lo que viví en Jaca, que fue mucho, os hablaré próximamente.

De cuando estuve de empleada del hogar.

Pues si, eso es lo que era en realidad. Aunque me dijo la jefa que lo primordial era el cuidado de sus hijos, en realidad yo era su criada.

Era una familia de 6 personas: el matrimonio y 4 hijos de 6, 4, 2 y 0 años. Jordi, Oriol, Ignasi y Xavier.

Ella era la hija de un pintor de una cierta fama entre los aficionados y coleccionistas. 
El era... no lo se. El que ganaba la pasta. 
No recuerdo haberle visto ni una sola vez y si en algún momento apareció por la casa ni me acuerdo.

Tenía que llegar a la casa (un piso de cerca de donde yo vivía) poco antes de las 9 de la mañana que era la hora en que la jefa salía con los dos mayores para llevarles al colegio.

Mientras ella me daba las instrucciones del día, yo me ponía el uniforme de chacha y en cuanto salía por la puerta tenía que ponerme a hacer la limpieza habitual, barrer, fregar (de rodillas y sin mocho pues a la señorona no le gustaba que se fregara con mocho) y quitar el polvo.
Para la limpieza mas a fondo o mas pesada, le venía una mujer cada martes.

Si en algún momento uno de los dos peques que se quedaban en casa me necesitaba ellos eran la prioridad.

El primer o el segundo día me encontré unos billetes en el suelo de su habitación, casi debajo de la cama. Los recogí, lo dejé encima del mueble del comedor, debajo de un cenicero o algo así y continué con mi labor.

Cuando llegó a mediodía le dije que los había encontrado y donde los había dejado. Me dio las gracias, puso una excusa tipo: Se le deben haber caído a mi marido, que no engañó a nadie y aquí paz y allá gloria.

Los peques eran un amor.

El segundo era muy celoso. Tenía celos del mayor y de los pequeños, cosa bastante habitual en los hermanos medianos, sin embargo el mayor no aparentaba estar celoso de ninguno y se notaba que quería mucho a los otros.

En el tiempo que estuve allí fue el cumpleaños de casi todos, pero el más anecdótico fue el del mayor. 

Los peques coleccionaban cochecitos de esos que son reproducciones a escala de los de verdad y aunque tenían muchos cada uno de ellos, sabían perfectamente cual era de quien.
Yo también lo aprendí a fin de evitar jaleos.

Así que el día del cumple del mayor les llevé un cochecito a cada uno.

Al mayor le llevé uno que ya tenía pero que Oriol no tenía y a él uno que no tenía ninguno de los dos.

Cuando abrieron los regalos, Oriol se quedó mirando el coche de su hermano y le dijo que era mas bonito que el que le había dado a él y Jordi le dijo si quería cambiárselo, a lo que Oriol se avino de buen grado.
Así los dos obtuvieron un coche que no tenían y quedaron satisfechos.

La madre, que se percató de lo que había pasado, me dijo: "Desde luego es Vd. buena psicóloga infantil". (Siempre me llamaba de Vd.)

Ella, como he dicho, salía por la mañana y a veces volvía al cabo de un par de horas con la compra y a veces ya no regresaba hasta que los nenes venían a comer. En el primer caso ella les hacía la comida, en el segundo se la hacía yo.

Como es lógico los peques decían que mi comida estaba muy buena (los peques siempre prefieren lo ajeno a lo propio) y muchas veces, aunque la comida la hubiese hecho su madre, cuando se sentaban les decía: Mirad que os ha hecho hoy la Eulalia para comer.

Por las tarde ella se iba a llevar a los nenes al cole y ya no volvía hasta que lo hacía con ellos, con lo que yo les daba la merienda a los dos peques cuando se despertaban de la siesta.

Ignacio se acostumbró a llamarme cuando se despertaba con esta frase: "Lali, Nani ta epert" (Lali, l'Ignasi está despert) y yo iba, le cambiaba el pañal, y lo sentaba a merendar.

Un día que la madre estaba en casa porqué eran vacaciones o algo así, el peque se despertó así y noté que a ella esto de que me llamara a mi no le había hecho mucha gracia, pero no dijo nada, fue a buscar a su hijo y aquí no ha pasado nada.

Yo sabía cocinar, pero me tuve que acostumbrar a su manera de hacer la comida, claro está. Aunque alguna vez le hice alguna cosita especial que a ella no se le hubiese ocurrido.

Estando allí con ellos sucedió la anécdota del conjunto que he explicado en esta entrada.

Mi hora oficial de salida eran las 7 y media, cuando los niños empezaban a cenar, pero muchas veces me dieron las nueve y no por que ella abusara de mi.
No había día que a los peques no se les desmontara algún cochecito o se les estropeara alguna cosa y como vieron que yo sabía arreglarlo, venían a pedirme que lo hiciera.
Normalmente yo estaba haciendo la cena, así que si era algo que requiriera de mas de un minuto les decía que esperaran y que mientras ellos cenaban yo se lo arreglaría.
La madre siempre les decía que no me molestaran, pero a mi me encantan los críos y no me sabía mal quedarme a arreglarles lo que fuera.

Estuve casi un año con ellos. Dejé el trabajo al empezar las vacaciones de verano pues ellos se iban a veranear a algún pueblo de las islas y a mi no me interesaba irme de Barcelona pues mi futuro ex estaba haciendo la mili y si me iba no le vería hasta que volviéramos y no me apetecía, así que dejé el trabajo y me preparé para volver a buscar otra cosa en algún lugar.

dimecres, 25 de juliol del 2018

De todo un poco


Desde que dejé el trabajo en la tienda de juguetes, como he dicho peregriné por varios lugares.
En algunos era evidente que solo buscaban trabajadores sin cobrar pues te decían que una semana a prueba y si veían que funcionabas te harían contrato.
Piqué un par de veces.

Entonces encontré empleo de dependienta en una tienda de ropa de la calle Borrello, la misma en la que yo vivía, casi enfrente del mercado de San Antonio.

El primer día la dueña me dijo que bajara al almacén a ordenar un poco y así me haría a la idea de las prendas que se vendían allí.
Me pareció lógico y allá que fui.

Al día siguiente lo mismo, y el otro y el siguiente.

El viernes a mediodía me atacó una migraña bestial.

Por aquel entonces era propensa a sufrirlas. Empezaba con un problema de visión que no se si sabré explicaros.
Imaginad que en lugar de ver todo lo que abarcan vuestros ojos, solo veis nítido lo que hay dentro de un círculo y el resto lo veis borroso, como si lo vierais a través de un cristal bajo la lluvia, o algo parecido y si queréis mirar algo que no queda dentro de ese círculo os veis obligados a girar la cabeza para enfocarlo.
Al rato desaparecía este efecto y entonces aparecía el dolor de cabeza.

Tan fuerte era, que la única forma de que se me pasara era tomarme un par de pastillas, lo más fuertes posibles y tumbarme en la cama a oscuras.

Pues bien, eso me pasó ese día y no pude ir a trabajar, así que mi suegra les fue a avisar.

Al día siguiente, cuando llegué a la tienda, la doña me echó la bronca y yo me cuadré y le dije que se podía meter el empleo en el culo.
Que a mi me había contratado como dependienta y no como chica de la limpieza. Que si necesitaba a una hablara con mi suegra.

Ella iba a replicar pero yo me di la vuelta, la dejé con la palabra en la boca y salí de allí dando un portazo que casi le rompo el cristal.

Después de eso entré a trabajar en el propio mercado, en una parada de fruta.

Había allí dos tipos de paradas de fruta. Las caras y las baratas.
En las caras había fruta en perfectas condiciones.

En las baratas había fruta que podía estar un poco tocada, golpeada, o a punto de ir a la basura.
Eran partidas en las que había una mezcla de todo y la parada se montaba poniendo delante la buena y detrás la no tan buena y a la hora de despachar iba un poco de todo en la bolsa.

A veces la diferencia era tan abismal que se clasificaba y se vendía por separado.

Estuve un par de meses en el mercado y me lo pasé bien, pero se empezaba a trabajar a las 7 de la mañana y cuando empezó a refrescar se me hizo muy cuesta arriba, así que mi suegra un día me dijo que se había enterado de que una señora con 4 hijos necesitaba una chica para todo, y que si me interesaba.
Le dije que si y así empecé a trabajar para aquella mujer y sus 4 diablillos.

Pero eso merece capítulo aparte.

P.S. Durante años nadie, ningún médico, supo decirme a qué podían deberse esas migrañas y solo se limitaban a recetarme analgésicos a cual más fuerte, hasta que un buen día me visitó uno que al explicarle lo que me pasaba me dijo que le extrañaba que nadie hubiera sabido decirme lo que era pues era de libro. Que era una jaqueca oftálmica y que se debía a una sobrecarga del nervio óptico que afectaba a no se que otro lugar.
Hoy en día no se si tenía razón o no.
Sí puedo decir con las pastillas que me recetó y que tenía que tomarme en cuanto empezaba el episodio de la visión, no me daba dolor de cabeza.

También puedo decir que en algún momento, aunque no sabría decir cuando, pero hace ya muchos años, dejé de sufrir esos ataques.

Desde entonces, en alguna ocasión, se me nubla un poco la vista como entonces, pero desaparece al poco rato sin más consecuencias.

Bragas y juguetes


Cuando volvimos del viaje nos pusimos a buscar trabajo y después de muchos fracasos vi que en Fajas Jumar, una tienda muy conocida de Barcelona, pedían una dependienta.
Se trataba de una sucursal que había en Travesera de Gracia, casi esquina a Torrent de l'Olla, justo enfrente del mercado, no en la tienda de Calvet.
Allá que fui y me entrevistó un hombre algo mayor que yo, que en aquel momento tenía 21 años.
Me hizo unas cuantas preguntas acerca de mis conocimientos del oficio y al decirle que había trabajado en unos almacenes y en Pio Rubert Laporta, la tienda de bolsos, no dudó en aceptarme.
Pasados unos días me pidió la documentación para hacer el contrato y entonces, al ver que estaba casada quiso saber porqué no se lo había dicho y le dije que él no lo había preguntado y yo estaba harta de ser rechazada por ese motivo.
Le hizo gracia el ingenio pero me preguntó si tenía pensado quedarme embarazada pronto o qué y le dije que podía estar tranquilo, que hasta que mi marido no regresara de la mili no teníamos intención de ir a por la criatura y que a él aún no le habían llamado, así que me aceptó definitivamente.

La tienda tenía dos secciones; a la derecha, conforme se entraba, estaba la sección de corsetería.
Bragas, fajas, sujetadores y camisones para todo tipo de personas y de posibles.

A la izquierda la sección de juguetería.

Por lo que supe a los pocos días, quien me había entrevistado era el marido de la dueña de Fajas Jumar, que le había montado aquel capricho a su marido a condición de que se vendieran sus artículos.

Como estaba cerca la campaña navideña, pasé muchos días jugando con los juguetes que había a la venta, a fin de acostumbrarme a su uso, porqué en aquel entonces los juguetes se probaban antes de salir de la tienda para evitar decepciones a los niños asegurándonos que funcionaban perfectamente, ya que a mi me habían contratado para ese fin.

Pese a eso, si entraban clientes en la sección de corsetería y la encargada estaba atendiendo a otra persona, yo tenía que atender también y en aquel tiempo no dejabas a la clientela apañarse sola, sinó que en cuanto se habían colocado lo que fuera en el probador, entrabas a ayudar a abrochar sujetadores o lo que hiciera falta.

Para mi fue toda una experiencia que me sirvió para ver los posibles defectos de las personas desde la perspectiva de la modista.
Cinturas desequilibradas, pechos que miraban a todas partes y otros detalles que no se aprecian a simple vista y supe que yo sufría de una leve desviación de la columna pues también tengo la cintura desequilibrada, mas marcada de un lado que de otro, (cuando no parecía un tonel), por que una mujer que la tenía así me dijo a qué era debido.

En aquella tienda empecé a fumar mas o menos en serio y me enganché a la Coca cola.

La encargada se pasaba el día fumando y se bebía las cocacolas por litros y yo acabé haciendo lo mismo.

Pero no me envicié demasiado con el tabaco pues no me tragaba el humo.

El dia 5 de enero, después de unas navidades muy movidas en ambos sectores de la tienda, fue el cacao del siglo. ¡La cantidad de gente que vino a comprar juguetes! 
Algunos los tenían reservados y solo era recogerlos y acabar de pagarlos; personas que no sabían donde esconderlos hasta llegar el dia y no querían arriesgarse a que los niños los encontraran antes de tiempo.

También allí nos pagaron la comida y la cena, en un restaurante bastante bueno de Torrent de l'Olla que ya no existe, como tampoco la tienda, que ahora está cerrada aunque me parece que es el almacén del supermercado que hay justo al lado.

Dos meses después de reyes, el dia de mi cumpleaños, mi suegra me regaló cinco mil pesetas para que me comprara lo que quisiera y yo, sin pensármelo dos veces, me compré un conjunto de sujetador y braguita, muy sexy, de Dior,
Cuando lo vio casi le da un pasmo.
Acostumbrada a sujetadores de cuatro duros y a bragas de dos, que me hubiese gastado aquella fortuna en algo así, era algo que escapaba a su comprensión.

Pero yo me sentía muy especial cuando lo llevaba puesto aunque no se viera.

Poco después llegó la carta de llamada a servicio militar de mi futuro ex y me convenció para que cambiara de empleo y buscara algo más cerca de casa pues él no iba a poder venir a buscarme si salía tarde o pasaba algo, aunque lo que no quería era que el jefe tuviera la más mínima oportunidad de ligarme.
Le hice caso, pues tampoco era cosa de que se fuera mosqueado y a mi me daba igual trabajar ahí que en otro sitio.

Y empezó un peregrinaje por varios empleos que me duraron poco por un motivo u otro.
Pero esto lo dejo para la próxima.


dimecres, 4 de juliol del 2018

El viaje. 2ª parte

Llegamos a casa de sus abuelos que quedaba, mas o menos, por donde cristo perdió la zapatilla a mano izquierda.

Un pueblo, si es que puede llamarse así a cuatro casas perdidas en el desierto, rodeadas de chumberas por todas partes, sin agua, sin luz, sin servicios, sin nada.

Cuando pregunté donde estaba el lavabo se rieron a carcajadas diciendo que tenía todo el campo para mi sola.

¿Que queréis que os diga? Yo soy persona de ciudad. A mi eso de bajarme los pantalones o las bragas en mitad de la nada, como que mucha gracia no me hacía, pero era lo que había. A apechugar tocan.

El agua se iba a buscar con un burro a una fuentecita que había a unos kilómetros de allí.

Aquí podéis ver a los dos burros, con la tinaja llegando a la fuente a la que llamaban la mina.

Era para llevarse la odisea y leerla antes de que el cántaro se hubiese llenado, de no ser porqué no se aguantaba solo y había que vigilarlo para que no se cayera y se rompiera.

El abuelo era muy gracioso.
Le metía una piedra en la oreja al burro y le preguntaba: ¿Quieres ir a la mina? Y como el burro sacudía la cabeza para quitarse la piedra me decía, ¿ves?, el tampoco quiere ir.

Me enseñó a pelar higos chumbos, que están muy ricos, sin pincharme, aunque casi siempre me los pelaba él y como quien no quiere la cosa me ponía la mano en el muslo diciendo: que suerte ha tenido mi nieto!.

Conocí a sus hijos, a sus nietos y a algún bisnieto y excepto por el tema de los sanitarios no estuvo tan mal el poblacho.

Aquí una foto de dos de sus nietas, en casa de una vecina de los abuelos donde se hizo un encuentro familiar. 

Estas mismas chicas estuvieron en Barcelona, cada una por su cuenta, años después.
La mayor a poco de nacer mi hija pequeña y la otra cuando mis hijas eran ya algo mas mayorcitas.
Fuimos a la playa y posaron así para la foto.

 

Al cabo de unos quince día emprendimos el regreso a Barcelona ya de tirón, sin pararnos a ver nada más.

El viaje, intermedio, Granada.

Llegamos a Granada pasadas las seis de la tarde y la Alhambra ya había cerrado sus puertas, así que buscamos donde alojarnos y él se fue a aparcar el coche mientras yo acomodaba lo imprescindible.

Cuando regresó fuimos a cenar y después a dormir para ir al dia siguiente a visitar el famosísimo  conjunto arquitectónico.

Al levantarnos, después de desayunar un poco, me dijo que recogiera las cosas que él iba a por el coche, que lo tenía a la vuelta de la esquina.

Al cabo de una hora o mas, se presenta en el hotel, a pie, coge una de las maletas, yo la otra y el neceser y nos fuimos al sitio donde había aparcado.

Allí, junto al coche, vi a un par de personas metidas en el motor. (No dentro, claro está).

Y me contaron la película.

La noche anterior, como no encontraba donde dejar el coche legalmente lo dejó delante de un parking del Parque móvil de la ciudad, con un mensaje de donde iba a estar.

Al ir a cogerlo el coche no quiso arrancar, así que abrió el capó del motor y se quedó mirando a ver si se arreglaba por algún milagro, pues él de mecánica menos que yo que no tenía ni zorra idea.

Un hombre se le acercó y le dijo: ¿Necesitas ayuda? a lo que mi ex repuso: Me ira muy bien porqué no entiendo de motores y no arranca.

El hombre llamó a otro y le echaron un vistazo.

Resultó que había ido perdiendo líquido de frenos y gasolina pues tenía picadas las mangueras.

Le dijeron que era un auténtico milagro que no nos hubiera pasado nada, pues no hubiese podido frenar al cabo de poco y además del goteo de la gasolina podía resultar una explosión si cualquier canto de alguna carretera hubiese provocado un chispazo en el momento menos oportuno.

Le ayudaron a arreglarlo, le cambiaron lo que había que cambiar y charla que te charla resultó que... (el mundo es un pañuelo)... era hermano de la que había sido la ayudante de la comadrona que me trajo al mundo. La mujer que trabajaba en una parada de marisco del mercado de San Antonio.

También le dijeron que si en lugar de responder sinceramente que no tenía ni idea, se hubiese hecho el machito con un gracias, yo me apaño, hubiesen llamado a la grua para que se llevara el coche, pues ellos eran los chóferes de los coches del parque móvil.

A todo eso era ya hora de comer y nos dijeron que no valía la pena esperar para ver la Alhambra, pues la mitad estaba en obras de acondicionamiento. Que lo dejáramos para otra ocasión, cuando se anunciara a bombo y platillo que la habían arreglado.

Así que después de comer algo continuamos viaje a Murcia a casa de sus abuelos.


No tengo más fotos de ese día que ésta, tomada en Motril, donde paramos a pasar la noche y la pongo más que nada, para que os hagáis una idea del largo de las faldas que llevaba por aquel entonces.

La chaqueta y su jersey los compramos en alguno de los lugares en los que paramos después de Zaragoza, pues no queríamos pasar otra noche tiritando.

No se quien nos hizo la foto ni qué me llamó la atención para mirar hacia la derecha en el momento en que ese alguien disparaba.

Como dirían en la tele: Cosas del directo.

Una luna de miel atrasada

La temporada de verano acabó a mediados de Septiembre, así que nos dispusimos a realizar un viaje por España. Nos habíamos ganado el descanso, tras 6 meses de trabajo duro y no habíamos tenido luna de miel propiamente dicha. Aquel viaje iba a serlo.

Por cierto: El regreso a casa fue épico.
Ya existía la autopista que unía Barcelona con Gerona y estando en ella nos quedamos casi sin gasolina, así que mi ex paró a repostar en un área de servicio.
No sabría decir qué demonios hizo para salir del área, pero al cabo de unos minutos de rodar de nuevo por la autopista me di cuenta de que las flechas que indicaban la dirección venían contra nosotros, no iban en la dirección del vehículo, señal inequívoca de que íbamos contra dirección.
Por suerte apenas había tráfico a esa hora y pudo dar la vuelta sin mayor problema.

El día antes de la merced o el anterior, metimos las maletas en el coche y emprendimos viaje.
Primera parada Zaragoza.
Ya en carretera podíamos haber imaginado lo que iba a pasar en Zaragoza, pues los atascos en los puertos de montaña que había en aquella época eran de órdago, pero no nos dimos cuenta de ello.

Llegamos a Zaragoza ya entrada la noche y como resultaba que era un fin de semana con puente, más año santo o algo parecido, Zaragoza estaba hasta los topes. Ni una sola habitación libre en ninguno de los hoteles que preguntamos.
¡Que se le va a hacer! Dormiremos en el coche.

Como mi ex era muy inteligente no se le ocurrió mirar si los asientos eran abatibles, que lo eran y dormimos en la parte de sentarse. Yo encogida en el de atrás y el entre los dos de delante.

Aunque yo también demostré ser muy inteligente pues no había puesto ni una simple rebeca en la maleta. Todo era ropa de verano. Y en el sur, a donde íbamos, si que haría calor, pero en Zaragoza y de noche hacía una rasca que pa que.
Nos tapamos como buenamente pudimos y ¡hale! a dormir.

Al día siguiente seguimos viaje hacia el Monasterio de Piedra, sin quedarnos a ver nada de Zaragoza.
Hice muchas fotos, pero las pocas que conservo no están en muy buenas condiciones. Es el problema de las fotos hechas con máquinas analógicas si no están muy bien reveladas. Pierden color y contraste hasta que la imagen es casi irreconocible. Sobre todo las hechas con flash. Pues las hechas con luz de sol se ven bastante mejor. De todas las que hice solo se conserva bien ésta.

Esto es Nuévalos, un pueblecito que hay justo antes de llegar al Monasterio y que se ve así tras subir una cuesta.

El monasterio de piedra es un paraje donde el agua es la protagonista.

Cascadas, lagos y riachuelos en un entorno semi-creado por la mano del hombre.

De allí a Toledo, Talavera de la Reina y Madrid. 

En Madrid, después de dar mil vueltas entre la plaza de la Cibeles y la de Neptuno, y tras parar en un kiosco para que me bajara a comprar un plano de la ciudad, recogerme en la siguiente vuelta y lograr salir de allí, encontramos un hostal o pensión muy limpita donde pasar un par de noches.

Visitamos lo imprescindible, algo del Prado, el museo de cera y el retiro.
La foto del vestido que he colocado en esta entrada está tomada allí, en el parque del retiro.

De Madrid a un pueblo de Badajoz, pasando por Cáceres y Ciudad Trujillo, a visitar a los padres de un amigo de mi ex, a los que ayudamos en la vendimia el día que estuvimos allí y de quien aprendí que uvas con queso saben a beso, mientras saboreaba ambas cosas.

Aquí podeis verme en plena vendimia, con la madre del amigo.

Fue divertido porqué no lo hicimos más que por ayudar. Imagino que para quien ésto es un trabajo debe ser muy pesado.

De allí fuimos a Andalucía.

Empezamos en Córdoba, visitando la mezquita y después Sevilla, de la que me enamoré.

Aquí podéis verme sentada en las almenas de la Torre del oro, con la giralda y la catedral encuadrada a mi espalda.

No es que estuviera enojada, es que el sol en los ojos me provoca siempre un gesto de mal humor pues me molesta muchísimo.

En Sevilla visitamos a un compañero de trabajo de mi ex que estaba haciendo la mili allí.

Y por supuesto la giralda, la Torre del oro, el barrio de santa cruz, la plaza de España con sus mosaicos dedicados a cada una de sus 50 provincias y el parque de María Luisa, que ya otoñeaba, pese al calor.

De allí íbamos a ir a Murcia, a ver a sus abuelos.
 Ya en la carretera vi la indicación del desvío para ir a Granada y le dije que me gustaría ver la Alhambra. El dijo que otro día, yo le dije que este cuento ya me lo sabía y me enfurruñé hasta que dio media vuelta y puso rumbo a Granada para ver la Alhambra.


Pero esta es otra historia que contaré en el siguiente capítulo de este viaje.

Dormir o no dormir

Este era el dilema.
Al principio de la temporada, cuando la afluencia de turistas en los campings era mas bien escasa y mas de fin de semana que fijos, mi ex se apuntó a una autoescuela para sacarse el carnet de conducir.
Lo consiguió y con un adelanto del sueldo, que íbamos a cobrar al final de la temporada, le compró el coche a su tío.

Su tío le hizo precio de familiar, (de familiar lejano a quien odias, pero ¡en fin!), el coche estaba suficientemente bien y cambió de manos y de propietario un día que mi ex bajó a Barcelona en tren y volvió al Port en coche.

A partir de ese día por las noches solíamos irnos de parranda. 

Carretera y a Llansa, o a Cadaqués, o a Roses, o a donde fuera en busca de un poco de diversión.

Las carreteras de aquella zona, en aquel tiempo, (no se si las han mejorado), tenían algo así como 300 curvas por kilómetro. Si, es exagerado, pero os garantizo que en los 8 kilómetros que hay de Llansa a Port de la Selva, había al menos 80 curvas que, por supuesto, no hacíamos a paso de tortuga.

Un día, una noche, mejor dicho, regresábamos de Llansa por la carretera de las mil curvas y de repente, tras una curva, apareció una luz en el retrovisor.
A mi se me ocurrió decirle: "Este quiere adelantarte" a lo que mi ex dijo: "Que lo intente!" y apretó el acelerador.

Me preguntó si era la guardia civil y le dije que no lo parecía, pues no se veían mas luces que las de los faros.

Y así seguimos, en la carrera a ver quien llegaba antes al Port.

Al entrar en el pueblo, y ya a la luz de la farola, vimos que si, que era la guardia civil.

Nos pararon, mi ex hizo Glups y bajó el cristal.

Buenas noches. -nos dijo el que se asomó. Y añadió - documentación.
Mi ex sacó el carnet y los papeles del coche. El carnet era provisional, pues antes tardaban en darte el definitivo.
¿Sabe Vd. que a la velocidad que iba puedo retirarle el carnet?- le preguntó el agente.
Si, señor, lo se.- dijo mi ex con cara compungida.
¿A donde iban tan deprisa? - preguntó.
A descansar, que en unas horas tenemos que estar en marcha.- respondió mi ex.
Vaya! .- dijo el agente - Pues no parecía que tuvieran tanta prisa cuando pasaron por delante nuestro. - y añadió- ¿Donde paran Vds?
En casa del cabo Julián- respondió mi ex.

Los agentes se cuadraron, le devolvieron los documentos y con un gesto de la mano le dijeron: Circule, pero que no volvamos a pillarle.

Y es que si, Montse, la jefa, era la hija de la máxima autoridad del pueblo, aparte del alcalde. El cabo de la Guardia Civil.
Y en aquel tiempo, con Franco aún coleando, los picoletos eran semi-dioses.

Mucho no han cambiado las cosas hoy en día, pues algunos de ellos se están librando de condenas que a cualquier ciudadano le significaría que les encerraran y tiraran la llave.

Otra de las cosas a las que se aficionó mi ex era la pesca.

Con sedales enrollados en corchos grandes, un anzuelo en la punta y algo de cebo, como restos de los pescados del restaurante, nos íbamos al muelle, donde estaban atracados los barcos de pesca, nos subíamos a alguno de ellos, con permiso de los dueños que muchas veces estaban por allí cerca, y tirábamos los sedales al agua.
Íbamos probando y de vez en cuando algo picaba.

La primera vez que conseguimos sacar algo del agua vimos que se trataba de una especie de serpiente gris no muy larga pero con cara de mala leche.

Uno de los pescadores que se percató, llamó a los otros para que lo vieran.

¿Que es esto? -preguntó mi ex-
Una morena -le dijo el pescador- Tened cuidado, que si os muerde son venenosos. Pero ya lo habéis sacado del agua. Id al restaurante y dádselo al cocinero que él sabrá como matarlo sin peligro.

Así que volvimos al restaurante con el pez colgando aún del anzuelo. Mi ex lo llevaba con el brazo bien extendido para evitar que pudiera morderle y llegamos al restaurante, que aún no había cerrado del todo pues los dueños estaban tomando la última copa con unos amigos.

Cuando les explicamos lo que había pasado empezaron a reir a carcajadas diciendo: Os han tomado el pelo! Esto es un congrio y está riquísimo con patatas. Subidlo a la nevera y mañana (no recuerdo como se llamaba el cocinero), lo preparará para comer nosotros. (Este "nosotros" éramos todos los que trabajábamos en el restaurante).

A partir de aquel día comimos muchas veces congrio con patatas. Que por cierto está riquísimo, sobre todo las patatas, pues si el congrio no es lo suficientemente grande, mas vale que lo apartes pues tiene una de espinas que para que os voy a contar. Súper finitas, que no las ves pero las notas al comer.
Si es grande, de metro y medio de largo, al menos, las espinas se ven perfectamente.

Casi no se encuentra en el mercado, aunque a veces en Carrefour hay y como suele ser muy barato, si veo que es grande de verdad suelo comprar uno (los venden enteros), guardo lo que hay desde la cabeza hasta el agujero de la tripa y descarto el resto o poco menos, pues la ventresca es la mejor parte del pez. Y con la cabeza y la cola, una cebolla, una zanahoria, un tomate, y unos ajos se hace un caldito de pescado. Le añades arroz y patata y te chupas los dedos de lo rico que está.

Para quien no haya visto nunca ninguno, esto es un congrio.

Después de

Ya estábamos casados, ya vivíamos en casa de sus padres y estábamos los dos sin trabajo.
¿Y ahora qué?

Mi primera idea fue comprarme una máquina de coser y buscar trabajo de modista, ya que las tiendas no querían dependientas que les pudiesen dejar colgados para tener hijos.

Y así fue como entré a trabajar en Menkes, una tienda de disfraces de renombre que hay en la Gran Vía. 
Trabajaba en el taller, cosiendo a mano dobladillos y botones. 

Mientras en casa hacía prácticas con la máquina de coser por si me salía algún curro para hacer en casa porqué el sueldo era más bien paupérrimo.

Poco antes de semana santa mi futuro ex se apuntó a una bolsa de trabajo de temporada.

Eran sitios donde los dueños de establecimientos hoteleros de la costa acudían a buscar empleados. Algo parecido a las ETT de ahora.
Y le ofrecieron un trabajo en Port de la Selva, a dos pueblos de la frontera con Francia.

Me dijo que preguntaría si necesitaban a alguien mas para que fuera yo a trabajar allá también y así fue. Poco después de semana santa vino a Barcelona y me dijo que hiciera la maleta y me fuera con él.

Yo iba a trabajar de ayudante de cocina, pero en realidad era ayudante de todo.

Ayudaba al cocinero a preparar las comidas y a limpiar la cocina, pero también ayudaba a la dueña a servir los desayunos, (aprendí a usar una cafetera de bar y a llevar la bandeja con una mano sin que se me cayera nada), a limpiar el local y el chiringuito, a ir a comprar algunas cosas, etc.

Me levantaba a las 7 de la mañana y empezaba la jornada ayudando en los desayunos.
El restaurante era un local en primera línea de mar, en la calle principal del pueblo, pero las mesas estaban en el chiringuito que había al otro lado de la calle.
En el local propiamente dicho, solo había una barra de bar donde yo preparaba las ensaladas al mediodía y los lavabos, en la planta baja y la cocina y el almacén en la parte de arriba.

Después de los desayunos había un impasse en el que yo me preparaba las cosas para poder preparar ensaladas a mansalva. Cortaba tomates, lechuga y pepinos a mano y embutidos a máquina para la llamada ensalada catalana.

Subía a echar una mano al cocinero, bajaba a echar una mano a la dueña, (Montse, creo recordar que se llamaba), subía otra vez a ayudar al cocinero y así pasaba la mañana, como un ascensor, arriba y abajo.

A menudo aparecían autocares franceses con gente de edad, el equivalente al imserso español, que paraban a mear.
Y fijaos que casualidad que siempre me pillaban fregando los servicios.
(Por supuesto no era obligación mía, pero en cuanto vislumbraba un autocar desde alguna ventana, yo corria para preparar el escenario)

Los ancianos, (en aquella época para mi lo eran), se deshacían en disculpas y yo les respondía con mi mejor sonrisa y mi buen francés diciéndoles que no se preocuparan, que era mi deber etc etc y ellos me correspondían con buenas propinas al acabar sus necesidades.

A partir de las doce del mediodía empezaba mi labor en la elaboración de ensaladas.
Los dos camareros, mi ex y otro, entraban cantándome los pedidos y yo almacenaba en mi memoria el orden en que debía hacerlas para que todo fluyera como era debido.

Un día, el otro quiso llevarse una ensalada que no le correspondía y la tuvimos.

Le dije que ya que no tenían el detalle de dejarme por escrito los pedidos, por lo menos no me cambiara el orden porqué en este caso ya se podían ir montando ellos las ensaladas de los cojones.

Mi ex se puso de mi parte, claro está, la dueña me dio la razón, y el otro, se fue diciendo que a él ninguna mujer le iba a dar órdenes y colgó el delantal y se largó.

Eso dejó a la pobre Montse con el papelón de quedarse con un solo camarero a una altura de la temporada que ya era difícil encontrar a alguien con suficiente conocimiento o experiencia para ser una ayuda y no un estorbo. Lo solucionamos entre todos. Su marido ayudó mas a servir, mi ex volaba sirviendo y en cuanto bajaba el ritmo y apenas entraban mas que los tardones, yo también me unia a la patrulla recogiendo mesas, sirviendo cafés, etc.

Mi ex dejaba las propinas en las mesas que yo iba a recoger para que me las quedara yo.

Con todas las propinas podía comprarme ropa en el mercadillo que se montaba cada miércoles en la plaza, como este vestido del que me enamoré e incluso un reloj sumergible para no tener que quitármelo pues el que llevaba, regalo de mi futuro ex, era tan a prueba de agua que el cocinero siempre me preguntaba si me había regalado un reloj o una piscina.

En la esquina de la calle del local había una relojería y en la vitrina un Timex precioso. 
El día que le dije que lo quería, el relojero lo puso en un recipiente con agua y lo tuvo allí un par de días para demostrar que realmente era sumergible.

Después de acabar las comidas y tras fregar platos y cocina, tenía un par de horas libres.
Podía irme a descansar al sitio donde teníamos habilitadas las camas, una especie de almacén en el que hacía un calor de mil demonios y donde mi futuro ex ya estaba durmiendo desde hacía al menos una o dos horas, pues como el pobre se levantaba a las 10, no como yo que a las 7 ya estaba en pie, necesitaba descansar para afrontar las cenas.
Pero yo no me iba. Prefería quedarme en el chiringuito y echar unas partidas de dominó con los pescadores, que me querían un montón pese a que les ganaba muy a menudo. 
Uno de ellos siempre decía: "Es que aquesta dona fot ma y agafa sempre les millors fitxes" (Es que esta mujer mete mano y coge siempre las mejores fichas), con una carcajada.

A partir de las 7 de la tarde empezaba de nuevo el trajín de las cenas y a eso de medianoche ya podíamos irnos a descansar (o no, pero eso será otra historia).

diumenge, 24 de juny del 2018

Autobombo y medallita

Buscando fotos para ilustrar las entradas encuentro cosas que ni recordaba, o que ni sabía donde estaban y con algunas de ellas me doy cuenta de mis habilidades (ya he advertido que esta va de autobombo).

Por ejemplo con la fotografía.

La instamatic no era una cámara reflex.

Explicación para los que no sepáis a qué me refiero:

Una cámara reflex es aquella en la que, gracias a unos espejos colocados en su interior, cuando tu miras por el visor ves exactamente lo que captará el objetivo.

En este diagrama se puede apreciar el camino de la luz a través de los espejos para que podamos ver exactamente lo que ve el objetivo, al margen de si el visor está o no bien alineado con él.
Se puede dar el caso de visores situados un poco hacia un lado u otro, pero seguiremos viendo lo que captará el objetivo cuando disparemos.

En una cámara no reflex lo habitual es que el visor esté completamente desplazado respecto al objetivo, con lo que hemos de corregir esta diferencia, enfocando lo que queremos encuadrar hacia el lado contrario.

En la instamatic, como se puede ver en la foto, el visor estaba justo encima, así que solo había que levantar ligeramente la máquina para que el encuadre fuera casi perfecto.






Claro está que hay quien no es capaz de encuadrar bien ni con algo tan simple y le pides que te haga una foto y hace cosas como ésta donde un poco más y la familia queda fuera de plano.







Ese día hice muchas fotos de mi madre y mis hermanos en la piscina, (pues ésto es en los baños de una de las playas de la Barceloneta, no recuerdo si Sant Miquel o Sant Sebastiá, donde aparte de poder bañarte en una playa vigilada, o al menos limpia, podías bañarte en las piscinas y guardar la ropa en vestuarios y no tener que andar vigilando las cosas todo el tiempo).

De todas las que hice una de mis favoritas es ésta en la que se ve a mi madre "saliendo" del agua.

Y digo "saliendo" porqué me parece que no se atrevió a entrar del todo ni siquiera en la zona que no cubría.

Y con lo blanquita que está podreis adivinar que no es que fuéramos muy a menudo a la playa. 
Imagino que yo si había ido ya algunas veces, pues aunque mi piel era de natural menos blanca, se me ve más morena que a ella.


*******


Otra medallita es la que me pongo con esta foto de mi hija Raquel porqué tiene miga.


Mi cámara de fotos era un Zenith, cámara reflex rusa que pesaba un montonazo pero que tenía un precio muy asequible, sobre todo el modelo que sacaron para la olimpiada de Moscú.

Con ella podía hacer todas aquellas cosas que no había podido hacer cuando debía. 


Una lección más: Velocidad de obturador.
En las cámaras reflex puedes elegir cuan rápido o lento se abre y cierra el obturador de la cámara.
Cuanto más rápido lo haga, mejor captará y detendrá una imagen en movimiento. A eso se le llama clavar.

Por poner un ejemplo: Un automóvil en movimiento lo clavarás a 1/500, o sea, abriendo y cerrando en una quinientos mílésima fracción de segundo.

Algunas cámaras de aquella época obligaban a una cierta velocidad si querías usar el flash, de lo contrario no se disparaba a tiempo. En la zenith era de 1/30. Muy lenta. Hacía casi imposible clavar el movimiento.


Pero yo aprendí a moverla ligeramente, muy ligeramente, al tiempo que disparaba, en dirección contraria al movimiento que quería clavar, para compensar esa lentitud.

Y esta foto es un ejemplo de lo que digo.

Raquel bajó la cabeza y la levantó muy deprisa para lograr ese efecto en su melena.


Y yo disparé.

Os recuerdo que las fotos se pueden pinchar para abrirlas en tamaño natural. Sobre todo si lo veis en un ordenador.