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dimarts, 19 de juny del 2018

Después de la tormenta

Cuando volvimos al trabajo, el lunes siguiente, el sótano seguía cerrado. Nos reubicaron en las dos plantas que había en el almacén, la planta baja y el primer piso.
A mi me tocó vender vestidos en la 1ª planta.

Estuvimos ahí hasta que un equipo de limpieza amontonó todo el género que el agua había estropeado, a la espera de que llegaran los del seguro a verlo, en un rincón del sótano que no es que no se usara, pues allí estaban los vestidores y nuestras taquillas, pero al menos no era de uso público.

Era una zona bastante amplia, usada a menudo para guardar cajas de género que había que ordenar.

¿Podéis imaginar lo que representaba para nosotras tener que cambiarnos cada día junto a una montaña de género que se estaba pudriendo? ¿El mal olor de la ropa allí amontonada?

Un día incluso las ratas decidieron hacer un nido en aquel montón.

Y no hablo de ratoncillos, sinó de ratas de cloaca. 
El encargado mas simpático de todos cazó una a escobazos. Le declaramos héroe nacional.

Mientras, nosotras teníamos que seguir vendiendo en nuestras secciones.

Nos quejamos varias veces del mal olor, de lo poco higiénico que era aquello, y siempre nos daban largas.

Nos dimos cuenta de que a veces el montón se había removido, como si hubiesen quitado o añadido género y no, no habían sido las ratas a menos que alguna de ellas se estuviera haciendo el ajuar. 

Mi sección estaba en una zona muy cercana a la montaña de mierda.
Comprendía 4 sectores: Ropa de cama confeccionada, mantelerías, toallas y sábanas sin confeccionar.

Todas las ventas que se hacían en esas 4 secciones iban a la misma caja.

Un día las compañeras me dijeron que fuese a tomar algo con ellas al salir.
Fui y me explicaron que se habían confabulado para aprovecharse del desastre, al igual que la empresa lo iba a hacer.
El plan era simple: Las cajeras emitían vales de descuento para las familias de las que interveníamos y con estos vales ellos venían a "comprar" todo lo que cada una de nosotras necesitase para su casa o para el ajuar. ¿Te apuntas? me preguntaron.

Por supuesto me apunté. 

Y a lo largo de los meses que estuve en aquella sección, no solo serví género a las familias de mis compañeras, sinó incluso a una amiga que me ayudaba pues no me atreví a decírselo a mi madre.

Y conseguí una docena de juegos de sábana para confeccionar, una colcha bordada preciosa que era de lo más caro que había, e incluso una pieza entera de tela de sábanas para mi profesora de corte, pieza que ella a mi me pagó religiosamente.

Casi un año más tarde, la chica herida el día de la inundación denunció a la empresa por despido improcedente. Resulta que como tardaba mucho en recuperarse la echaron sin miramientos. Había sufrido una conmoción cerebral por el golpe de la cañería, recibido por querer salvar el género y así se lo pagaban. La empresa alegaba que ella no tenía que haber estado allí cuando pasó aquello por que no era horario laboral.

Nos llamaron a declarar a todas y todas estuvimos de parte de la compañera. Unánimemente.

Como no podían echarnos a todas, nos castigaron para que acabáramos yéndonos nosotras y nos destinaron a los mostradores que había en los vestíbulos.

El almacén era muy grande, como se puede ver en la foto de la entrada anterior y tenía muchas entradas. En cada entrada había un vestíbulo con escaparates y eran tan grandes que cabía una isla de mostradores. En ellos se vendía el género más variopìnto que os podáis imaginar.
Desde medias panty con una pata de cada color, y no precisamente por que estuvieran conjuntados a propósito, hasta panties con un pie hacia cada dirección que si te los ponías obligabas a retorcer una de las dos patas y resultaban de un incómodo que para que os voy a contar.

Pares de zapatillas del mismo pie, o de medidas distintas o ropa con defectos. Y nada de lo que allí se vendía admitía devolución.

El género estaba completamente desordenado y no se podía ordenar.
Un día que me tocó un mostrador con camisetas de distintas tallas y colores, traté de organizarlas un poco, al menos las que estaban en sus envases. La encargada me vió y me lo desorganizó todo diciendo que nada de perder el tiempo ordenando aquello.
Le dije que así era imposible encontrar una talla rápidamente y me respondió que yo no estaba allí para buscar tallas, que eso se lo tenía que hacer la clienta. Que mi única obligación era vigilar que nadie robara nada y hacer el ticket cuando alguien compraba algo.

Porqué, aunque parezca increíble, la gente compraba aquellas mierdas!

Cuando empecé a vender en un vestíbulo era incluso agradable. No tenía que aguantar a nadie, las encargadas apenas asomaban para nada y como la mayoría de clientas eran vecinas, siempre había alguien charlando conmigo.

Un día una de las encargadas madrileñas nos pilló, a una compañera y a mi, hablando en catalán con una clienta.
Nos vino a pegar la bronca y sin pensarlo le respondimos que estábamos en Catalunya y que si nos hablaban en catalán nosotras contestábamos en catalán igual que si algún turista se acercaba y nos hablaba en francés le contestaríamos en su lengua, que por algo la habíamos estudiado. Y que si no le gustaba se volviera a Madrid, que allí no les habíamos llamado.

Sé que nos jugábamos el puesto de trabajo, pero en aquel tiempo encontrar otro era muy fácil, así que nos daba igual y ya estábamos de ellos hasta el moño.

Tan hasta el moño, que cuando empezó el frío y yo me quedaba heladita en aquellos vestíbulos, un dia, pasando por delante de una tienda de bolsos que había unos metros más allá, en la Ronda San Antonio, esquina con Valdonzella, Pío Rubert Laporta, vi que buscaban dependienta, así que entré, me entrevistó el director, me vió lanzada y me contrató al momento.

Me preguntó si tenía que dar días a los almacenes y le dije que por mi empezaba al dia siguiente, en cuanto me pagaran los días que llevaba trabajados aquel mes.

Y así fue como de un sitio de mierda pasé a una de las tiendas donde me lo he pasado mejor.

Un par de cosas más antes de cerrar este tema de los almacenes.
Como ya os dije, yo me había hecho un listado de medidas de las sábanas. Era mi libreta y era un trabajo que nadie me había pedido ni agradecido.

El día que me enviaron al vestíbulo, la chica que pusieron en mi lugar en la sección de las sábanas no hacía mas que subir a preguntarme cuanto costaba eso, o aquello, o como se calculaba.

Yo le daba indicaciones de como calcularlo, pero la libreta estaba ya en mi casa y aunque me sabía de memoria casi todas las cuentas que había hecho, como ya no era mi sección, las había "olvidado".

Viendo a la empleada subir y bajar tan a menudo, el encargado simpático me vino a preguntar por la libreta y yo me lo miré con cara de ignorancia diciendo: ¿libreta? ¿qué libreta?

El comprendió por donde iba yo y ya no me volvieron a preguntar.

En aquel almacén viví mi primera noche de reyes en el comercio y aunque no tuvo ni punta de comparación con las que he vivido posteriormente, fue una experiencia estar trabajando hasta medianoche sin descanso.

Un último apunte: Después de mi partida el almacén volvió a inundarse y años después ardió hasta los cimientos, por dentro, (la fachada quedó intacta), matando a 4 personas que estaban alojadas en la pensión que había en el piso de arriba, pues Arias solo había ocupado las 3 plantas que menciono para la tienda y los pisos superiores se habían convertido en viviendas.
Se llegó a la conclusión que había sido provocado.

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