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dilluns, 4 de juny del 2018

Hablemos de la escuela. 2ª parte. El Bachiller

En mi escuela no podían examinarnos al acabar el curso, si estabas estudiando bachillerato. Para ello teníamos que ir a algún instituto oficial.

Aquel primer año, cuando hice el ingreso, nos llevaron a uno que había bastante lejos de la escuela.

Cuando vi las materias a mi me entraron todos los sudores pues, aunque estudiaba mucho y me sabía todo lo que me habían enseñado, me dió la impresión de que no lo conseguiría, que la escuela no nos había preparado para todas aquellas cosas.

Pero a la hora de la verdad no era tan fiero el león y se solventó todo con un único examen en el que había unas cuantas preguntas de los temas anunciados que para mi fue de lo más sencillo.

Pasé el examen con muy buena nota y como había acordado con aquella señora de la librería que ganaría lo suficiente para los libros del curso siguiente, mis padres hablaron con la superiora para confirmar que me quedaba.

Las aulas de bachiller las habían construido unos pocos años antes. Eran aquellas que he mencionado en esta entrada, con las ventanas asesinas y en las que, al estar directamente bajo el tejado, hacía un calor de mil demonios en verano.

Ese año, el de mi primer curso real de bachillerato, a las monjas se les ocurrió cambiar los uniformes.


En primaria había llevado éste que podéis ver en esta imagen, sombrero incluido.
Era de lanilla, con lo que en invierno abrigaba pero en verano no daba un calor excesivo.

Actualmente hay una giganta en Barcelona que se creó para conmemorar el no se cuantos aniversario de la escuela Vedruna, a la que yo iba, que lleva este mismo uniforme. (foto al final).

Por encima, en clase, llevábamos una bata blanca de la que no tengo ninguna foto.

Después lo cambiaron por un pichi azul marino, con escote en V por delante y por detrás con la falda plisada y con blusa blanca, del que creo que no hay ninguna foto.
Este duró unos 3 o 4 años.

Pero aquel había sido el año de la aparición del tergal y el nylon, así que decidieron volver a cambiar el uniforme y hacer un pichi de tergal, azul azafata, escote en V por delante, cerrado al cuello por detrás, falda plisada, blusa amarillo pálido de nylon y bata de cuadros azules tipo vichy, pero de nylon.

Como ya he comentado, hacía tanto calor en aquellas aulas que en verano nos dejaban quitarnos el uniforme y quedarnos solo con la bata lo que provocó una anécdota de las de reir por no llorar que ya os contaré.

El caso es que este nuevo cambio a mis padres les cayó como un jarro de agua helada, (y no, no se traba de ese reto idiota), así que le dijeron a las monjas que ellos no podían pagar el nuevo uniforme, que para más inri se tenía que comprar en el corte inglés, recién inaugurado. (Ya se sabe, las monjas, la iglesia, siempre favorecen a los que están en el poder y a todos los que les lamen el culo).

Las monjas dijeron que todo tenía solución y les pidieron que me compraran al menos la bata, al fin y al cabo cada dos años me tenían que comprar una nueva porqué yo crecía. Poco, pero crecía.

Así lo hicieron mis padres y ellas se encargaron de pedir a la madre de unas gemelas que había en mi clase, que confeccionara para mi el nuevo uniforme y me lo regalaron el día de mi cumpleaños.


Por cierto: ¿Recordais la foto de la ratita a la que le gustaba el queso? Pues ellas están en esa foto.

Lo bueno del caso fue, y me enteré años más tarde por mi madre, que aquella mujer no quiso cobrar la faena porque estaba en deuda conmigo y yo no lo sabía.

Resulta que mi madre, en primaria, acostumbraba ponerme una barra de cuarto de quilo rellena de embutido para desayunar, y una de las dos gemelas, Pili y a veces las dos, me pedían compartir los almuerzos. Ellas me daban la pastita que les hubiesen puesto a cambio de un buen pedazo de mi bocata y se lo habían contado a su madre en algún momento.

[En estos momentos, mientras escribo, se me ocurre pensar en lo que sucede hoy en día en casi todas las escuelas donde está prohibido hacer algo así por si las alergias al gluten y cosas así y pienso: ¿Es que la gente de mi época estaba más sana o es que ahora se han vuelto todos raros?]

Pero sigo.
Aquel primer año ya llevaba un montón de libros. Uno para cada materia. Y salvo la geografía, que la tenía atravesada hasta el punto que un día me castigaron sin ir a casa a comer al mediodía para que me quedara estudiando la lección, las demás asignaturas no tenían ningún misterio ni dificultad.

Ese día fue el que comenté en la entrada anterior, que me lo pasé sentada en la parte de arriba del tobogán, tratando de memorizar todo lo referente a la provincia de León y de lo que tan sólo quedó en mi memoria que "León tiene al norte la comarca de La Lora" y de aquí no paso.

Geografía aparte, aquel fin de curso los exámenes me fueron de maravilla. Todo aprobado a la primera, en Junio, con buena nota.

Si nos quedaba alguna asignatura pendiente tocaba pasarse el verano estudiando para volver a examinarnos en Septiembre y según qué asignatura fuera, si quedaba pendiente no podíamos presentarnos de la misma en Junio del curso siguiente hasta haberla aprobado.

Ese primer año se notó muchísimo la debacle en cuanto a compañeras de clase.

En primaria había una media de 40 alumnas mientras que aquel año creo que no llegaban a 20 las compañeras que tenía en clase.

Y como esta segunda parte da para bastante más, os dejo la foto de la giganta y continuaré en la 2ª parte de la 2ª parte que es más o menos lo que decía Groucho 😜


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