Os aseguro que cuando yo estuve trabajando en esta tienda tenía casi exactamente este mismo aspecto.
Los mostradores de delante con sus armarios detrás, seguían estando ahí.
En los mostradores, que tenían la parte de arriba de cristal, se exibían los billeteros, monederos y guantes de piel.
En los mostradores, que tenían la parte de arriba de cristal, se exibían los billeteros, monederos y guantes de piel.
Esa especie de pared de cristal del fondo ya no estaba y en aquella zona se vendían los paraguas.
Al otro lado de la tienda, en la zona desde la que está tomada la foto, había un pequeño cuartito para guardar nuestros bolsos y chaquetas, si era invierno y era donde teníamos las bebidas personales, en una pequeña nevera.
Cada tarde reuníamos dinero entre todas y una de nosotras, habitualmente yo, pues conocía el barrio (vivía a dos calles de la tienda), iba a por una botella de cava que nos íbamos bebiendo poco a poco a lo largo de la tarde cada vez que podíamos escabullirnos. Por supuesto todo el mundo participaba excepto el director, aunque sabía lo que hacíamos.
En ese arco que se ve a la derecha había una escalera corta que llevaba a la zona de maletas y bolsos. Y desde esa parte de la tienda arrancaba una escalera que iba al piso superior donde estaba el despacho del director y el almacén de género. Maletas, bolsos, papel de envolver, etc.
La escalerita que unía las dos zonas de ventas estaba alfombrada y un día que yo bajaba del almacén cargada de papel de envolver en hojas enormes que llevaba colgadas de los dos brazos, tropecé y caí escaleras abajo.
Mis compañeras se asustaron y corrieron a ayudarme pero ante su asombro me levanté y recogí el papel al tiempo que decía: ¡Que caída más tonta!
Las hojas habían amortiguado el golpe!.
Quedaron tan pasmadas que en lugar de la pregunta típica: ¿estas bien? una me dijo: ¿Siempre bajas igual? y todas nos pusimos a reir a carcajadas.
Había muchísimo compañerismo en aquella tienda. Tanto que las invité a todas a la boda, pues me casé cuando trabajaba allí.
Aquí podéis verlas a todas. No recuerdo sus nombres, hace demasiados años de ese día. Lo que si recuerdo es que la que solo asoma la cabeza detrás de la que está al lado de mi ex, era la cajera y encargada de la tienda.
Dos o tres de esas chicas estaban ya casadas y cuando dije que yo iba a casarme el director me advirtió que tendría que irme pues ya no querían más empleadas que pudiesen tener que pedir la baja por maternidad.
Pero no adelantemos acontecimientos y dejad que os explique unas cuantas anécdotas de aquella tienda tan particular.
La dueña de la tienda, hija o nieta del fundador original de ella y de la fábrica de paraguas que tenían en algún otro lugar, era la Sra. Plaza, por el apellido del marido, uno de los dos fundadores de la editorial Plaza & Janés, una de las mas famosas de la época.
Era una persona muy agradable y campechana. Sabía de nuestra afición al cava de la tarde y el dia 5 de Enero se dejaba caer a primera hora de la mañana, justo recien abierta la tienda, con una caja de botellas, recomendándonos, eso si, que comiéramos bien y que no abusáramos ni diéramos el espectáculo. Que tomándolo con cabeza nos ayudaría a sobrellevar ese día que iba a ser larguísimo.
El horario laboral de un día normal era de 9 y media de la mañana a 1 y media del mediodía y de 4 a 8 y media de la tarde, si mal no recuerdo.
Las horas de entrada eran impepinables, las de salida no tanto, pues si había clientela no se podía ni bajar la puerta metálica; como mucho quien estuviera desocupada en ese momento, salía a bajar las de los escaparates. Eso podía dar lugar a salir de la tienda para ir a casa bastante mas tarde de la hora acordada y no se consideraban horas extra.
El dia 5 de enero se trabajaba desde las 9 de la mañana hasta que no quedara nadie que quisiera comprar, lo que podía suceder, como así fue aquel año, a las 6 de la madrugada del dia 6.
Ni que decir tiene que ese día teníamos la comida y la cena pagados en un restaurante de una cierta categoría que había justo al lado de la tienda. Restaurante al que fuimos a comer mi futuro ex y yo al dia siguiente de la boda porqué a mi me había encantado la bullabesa que había tomado la noche de reyes y quería que el cocinero me diera la receta, cosa que logré.
Anécdotas de los meses que estuve trabajando allí.
Teníamos bolsos de todo tipo y precios. Desde bolsos de piel de cocodrilo a 25.000 la unidad, lo que era mi sueldo de 5 meses, a bolsos de polipiel o piel sintética desde 300 pesetas.
Como la moda mandaba que se llevara el bolso a juego con los zapatos, era habitual que entraran señoras del barrio con los zapatos de sus hijas, comprados en alguna de las zapaterías de los alrededores, a por un bolso del mismo color, lo que normalmente era casi imposible de lograr.
Y no había forma de hacerles entender que la única forma de conseguir la exactitud era si ambas cosas salían de la misma pieza de piel, por muy falsa que fuera, y del mismo fabricante.
Y eso era imposible, pues en aquel tiempo los fabricantes de bolsos de piel falsa no fabricaban zapatos.
Recuerdo un día en que estuve al menos 2 horas para venderle a la buena mujer un bolso de esos de 300 pesetas, pero daba igual. Era tan importante aquella señora como cualquier otra clienta y había que atenderla con la misma diligencia, amabilidad y simpatía que a otra que quisiera algo mejor.
Las clientas que entraban a por bolsos carísimos eran atendidas por la encargada o por el director en persona y casi las recibían haciendo reverencias. Las hacían sentarse, les preguntaban por la familia y les hacían el paripé hasta que salían por la puerta con su bolso o lo que fuera.
Pero el dia anterior de reyes no había norma. Quien pillaba la clienta le vendía, fuera quien fuese y quisiera lo que quisiese, pues la tienda se llenaba a tope.
Se seguía un orden de atención a clientes, basado en la antigüedad de la empleada, ya que íbamos a sueldo + comisiones de ventas y gracias a eso, aquel día pude atender a una mujer que a mi pregunta de: ¿En que puedo servirla? me dijo: Quiero el bolso de cocodrilo del escaparate de la esquina. (El de 25.000) . Si, señora, en seguida..- le dije.
Lo saqué del escaparate, se lo envolví para regalo y ella pasó por caja donde la cajera le pidió disculpas por no haber podido atenderla ella misma.
La mujer le dijo que no había problema y que como yo había sido muy amable me entregaran una propina que dejaba para mi.
Creo que tardé menos de 5 minutos en hacer esa venta.
Un día entró en la tienda un actor de televisión que se hacía llamar Bigote Arrocet, que estaba actuando en el Molino.
Se había hecho famoso en la tele, en el concurso 1,2 3, responda otra vez, donde usaba la coletilla: Pero yo sigo, eh? Yo sigo.
Y se pasó toda la tarde haciéndonos reir con sus tonterías.
También algunas vedettes de la época pasaron por la tienda en busca de todo tipo de cosas, guantes, paraguas, bolsos, etc.
Era una tienda de mucho postín en un barrio que ya tenía muy poca clase.
(En algún momento explicaré lo que yo creo que pasó en aquel barrio)
Cuando decidimos que nos casaríamos empecé a mirar vestidos de novia y justo en la acera de enfrente había dos tiendas dedicadas a ello. No recuerdo sus nombres, pero una de ellas tenía un coche antiguo en el vestíbulo y estaba decorada con azulejos blancos y negros, creo recordar.
En la de al lado, de la que tampoco recuerdo el nombre, en el escaparate que se veía desde mi posición tras los mostradores de la tienda, pues todas teníamos adjudicado un lugar específico para esperar a que entraran clientes y pudiéramos atenderles, había un vestido azul precioso del que me enamoré. El mismo que habéis podido ver en la foto de arriba.
He estado intentando encontrar alguna imagen de aquellas tiendas, pero entonces nadie iba por la vida con una cámara de fotos a cuestas y no he podido encontrar ninguna.
El caso es que yo me pasaba todos los ratos en los que tenía que estar allí de pie, esperando, mirando el vestido de mis sueños.
Me supo mal tener que despedirme, pero un par de años después, el verano en el que quedé embarazada de mi hija mayor, estaba yo sin trabajo y fui a ver si, por alguna de aquellas casualidades, necesitaban a alguien, así que pasé a saludarles y le pregunté al director, quien me ofreció hacer suplencias de las chicas que se iban de vacaciones. Al fin y al cabo yo ya sabía de qué iba el trabajo. Y no sólo ésto, sinó que me pidió si podía sacarles de encima unos bolsos y unas maletas a cual más horrible y me ofreció un suplemento extra de las comisiones.
Como os podéis imaginar los vendí todos.
Los bolsos tenían un cierre de click hecho con dos bolas que mas valía que no te dieran con ellas en la cara o te la hacían nueva y las maletas eran de aquellas antiguas, casi de cartón.
Por cierto, hablando de maletas, este fue el regalo de mis compañeras: Un juego completo de maletas con neceser y todo!. No era de los más caros, pero tampoco de los más baratitos y nos sirvieron durante bastantes años para ir de un lado a otro.
Aquí una imagen de la tienda encontrada en la red.
El edificio de la imagen central era la tienda propiamente dicha y a la izquierda una imagen del interior desde el ángulo contrario a la primera que he insertado.
Y esta es la fachada de la tienda años después de que cerrara, cuando estaba ocupada por Miró, una cadena de electrodomésticos.
La fachada en si es la misma. No se derribó ni modernizó. El interior si era totalmente diferente. Aunque no habían quitado las escaleras, si las habían cambiado por otras mas modernas al reformarla.




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