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dimecres, 13 de juny del 2018

Mi primer empleo real

Era uno de los 3 abogados más importantes de Barcelona.
Tenía el despacho y el domicilio privado en el mismo piso. Un entresuelo enorme de los del ensanche,
Su esposa salia en el Hola, en la sección de sociedad, cuando estaba en una de las mesas de la cruz roja, y otros eventos.

Tenía 3 nietos estudiando en Barcelona. Dos chicos, internos en algún colegio de postín, y una chica, algo menor que yo, que vivía con ellos y con la que congenié muchísimo, hasta el punto de que me quedaba por las noches, después de la hora oficial de salida, para ayudarla con los deberes de la escuela.
Ella fue la que me regaló mi primera minifalda.
Como éramos igual de altas y había poca diferencia en cuanto a medidas corporales, la ropa que ella rechazaba me la pasaba a mi, lo que me permitió disfrutar de buena ropa a partir de entonces.

En aquel tiempo lo habitual era que los hijos entregáramos el sueldo íntegro a los padres y ellos se ocupaban de proveernos de lo necesario. O más bien de lo estrictamente necesario, si la economía familiar no era para tirar cohetes, así que yo disponía solo de lo justo para pagar cada día los 4 viajes de metro para ir y volver al trabajo, (aún no se habían inventado las tarjetas multiviaje), así que al poco adopté la costumbre de ir y volver andando, (a veces corriendo, si llegaba tarde) y ahorrarme ese dinero para mis caprichitos.
Solía ir por la calle con un libro en las manos, leyendo mientras caminaba y he de decir que nunca me di con ninguna farola ni tropecé con nadie. Era como si tuviera un radar que me hacía esquivar los obstáculos sin levantar la vista del libro.

El jefe, que tenía prohibido fumar, me enviaba a comprarle cajas de habanos cuando su mujer no estaba en casa. Me daba más de lo que costaba la caja y me decía que me quedara con el cambio, por las molestias.

Un día le dije: Pero Vd. tiene prohibido fumar, ¿no?-
Mira, -me respondió- si hay otra vida más allá y es tan buena como dicen los curas, cuanto antes llegue, mejor para mi. Y si no es cierto y más allá no hay nada, cuanto más disfrute aquí mientras pueda, mejor.

No puedo decir que me convenciera del todo ya que al cabo de los años también acabé enganchada al cigarrillo, pero en aquel momento no lo hizo. Pero era mi jefe y quien paga manda.

Mi cometido en el despacho era el siguiente:
Recepcionista: abrir la puerta siempre que sonaba el timbre, acompañar a las visitas a la sala de espera, con mi mejor sonrisa y anunciarles al jefe o a quien hubiesen ido a ver.

Telefonista: contestar al teléfono y pasar la llamada a quien correspondiera pues en el despacho, aparte del abogado, había un Procurador, un ayudante de ambos y una gestoría con dos gestores, un hombre y una mujer. 
Por otro lado la llamada podía ser para su esposa, ya que era el mismo número con 3 líneas, creo.

En un teléfono como este,  pero con un botón especial, yo dejaba en espera a quien llamara, marcaba un numero y el teléfono del destinatario sonaba. Le decía quien era y si me decía pásamelo, lo hacía. Si no la aceptaba o no estaba, les decía que la persona no estaba, que ya les daría el recado.

También tenía que llamar en nombre del jefe y pasarle la llamada. Los otros llamaban solitos.

Llegué a aprenderme un montonazo de números de teléfono de tanto marcarlos.

Secretaria: Tomaba apuntes al dictado para escribir a máquina sus cartas. Lo gracioso es que nunca aprendí taquigrafía, así que me limitaba a escribir muy deprisa, como había aprendido a hacer en la escuela cuando teníamos que tomar apuntes. 

[Siempre he pensado en lo absurdo de la escuela en aquel tiempo: Pasábamos años aprendiendo a escribir con letra bonita, de redondilla, en papel pautado a doble línea, repitiendo una y otra vez frases absurdas, para después tener que escribir a toda velocidad, lo que lograba que nadie pudiera entender lo que habíamos escrito salvo una misma y a veces ni eso, si había pasado suficiente tiempo y se nos había olvidado lo que habíamos escrito.]

Sigo.
Después de tomar notas rápidas acerca de lo quería que pusiera en su carta, la pasaba a máquina.

En el colegio había aprendido a usar una máquina de escribir con los 10 dedos de las manos.

Teníamos máquinas más o menos como ésta, en las que era fácil poner bien los dedos para escribir correctamente.
Otra cuestión era que tuviéramos suficiente fuerza en los dedos meñiques para pulsar las 4 letras que se aprietan con estos dedos, sobre todo la a, que se usa mucho, pero con voluntad todo se aprende.

Recuerdo lo que significaba tener que cambiar la cinta si acababa no escribiendo o si nos la hacían cambiar para poner una de dos colores para escribir parte de un texto en otro color.

Y lo difícil que resultaba no equivocarse si no podíamos mirar el teclado pues teníamos que estar mirando el texto a copiar, punto al que se llegaba cuando ya habíamos escrito mil veces qwert poiuy asdfg ñlkjh zxcvb :.,mn  (ahora los teclados tienen estos signos de puntuación en otra disposición, pero la que he escrito era la de aquellas máquinas).

Pues nada, que llega una a una oficina sabiendo hacerlo casi bien, aunque no muy rápido y se encuentra con algo como ésto y ha de olvidar todo lo aprendido y aprender a aporrearla con los dos dedos más fuertes de las manos, porqué ésto no está para andarse con delicadezas, mirar donde pones los dedos, so pena de hacerte pupa a cada paso, y sobre todo no querer ir demasiado rápido o las barras de las letras se atascarán arriba, se harán la picha un lío y tendrás que desengancharlas, manchándote las manos, el papel en el que estás escribiendo y dejando marcas en la copia que estás haciendo con papel carbón. ¡Ah! Y tener que empezar de nuevo, claro está, porqué a ver qué te dirá el jefe si le presentas una carta manchada y arrugada a que la firme para enviarla.

Y no te equivoques, pues el typex sirve de muy poco, y menos el de entonces, que era como una goma de borrar y dejaba la hoja manchada.

Digan lo que digan los que piensan que eso era muy bonito y romántico, yo les diría que como se nota que no lo tuvieron que sufrir; que no hay nada como la informática.

Escribes y si te equivocas retrocedes y corriges. Sacas tantas copias como haga falta y no necesitas archivar ninguna copia en papel si no quieres. La guardas en el ordenador y, como mucho, si quieres asegurarlas, en algún servidor en la nube, como Dropbox.

E incluso puedes escribir mas de una al mismo tiempo si faltan datos en alguna. La guardas y la retomas cuando quieres.

Y por último, si me quedaba tiempo, ayudar a los gestores a copiar cosas a máquina. Afortunadamente ellos si disponían de máquinas modernas, con tabuladores incluidos, pues una de las cosas que solían hacer eran la hojas de nóminas de muchas empresas importantes. Y en aquellos tiempos eran como declaraciones de rentas de ahora.

Un detalle importante, al menos para mi: Pese a ser un abogado, y pese a tener una gestoría, nunca me dio de alta en la seguridad social, con lo que mis primeros 5 años laborales, para el estado no han existido.

4 comentaris:

  1. pues si... me ha gustado, veia que tenías un blog de cuentos pero no había tenido tiempo de leerlo, así que hoy empecé.. te felicito!!!

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  2. LOS CIGARRILLOS

    Que el cigarrillo es muy malo,
    Que te irrita la garganta,
    Los dientes pone amarillos
    Y a los pulmones da palo

    Que pobrecito el oxígeno
    Todito se contamina
    Y encima el pobre cerebro
    Repleto de nicotina…!

    Pasó pues en la oficina
    De aquel, mi primer empleo
    Mi jefe, un gran abogado
    Tenía el cigarro vedado.

    Pero la tal prohibición
    No le causó impedimento
    Cuando llegado el momento
    Le afanaba su adicción

    Me dio una clara lección
    De cómo sacar provecho
    Hinchándose bien el pecho
    Con el humito en mención.

    Me dijo: Mira si es cierto
    Que la otra vida es más buena
    Mejor ahora me apuro
    Para estar más pronto muerto.

    Pero si el cura ha mentido
    y la historia me ha invertido,
    prefiero vivir contento
    con mi habano en este tiempo.

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