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dimarts, 5 de juny del 2018

El último año en la escuela.

Pues si, ya éramos las mayores. Lo que significaba que entrábamos a formar parte del equipo de basket escolar e íbamos a jugar la liguilla anual.

Mi colegio era un espacio enorme, que ocupaba muchos metros cuadrados de terreno.
Iba, (para los que conocéis Barcelona, de la calle Montealegre a la pared de la izquierda de la casa de la Caridad en la calle Elisabets. Y desde la plaça dels Angels hasta la mitad o mas de la manzana que acababa en la calle Valdoncella.
Era un convento de la orden de las Carmelitas de la caridad, fundada por Joaquina de Vedruna.
En aquel convento-escuela, se daba cobijo a niñas huérfanas y a hijas de mujeres de la calle (rameras de oficio, hablando en plata).

Aún existe, pero me parece que han reducido su espacio pues hay un gran espacio abierto con el Macba e infraestructuras varias. (A ver si un día de estos me acerco a la Boquería, que está muy cerquita, y hago algunas fotos. Y si me dejan incluso del interior.)

Teníamos incluso una capilla en la que los domingos se oficiaba la misa y donde cada dia teníamos que ir a rezar el rosario.

La capilla tenía dos entradas. Una por el propio colegio y otra por la calle Elisabets.

Justo en la acera de enfrente de la entrada de la capilla, había otro convento-colegio de las Hermanas dominicas.

Era legendaria la rivalidad entre ambas escuelas en todos los sentidos.
Nos copiaban los uniformes.
Cada vez que en nuestro colegio se cambió el modelo, al año siguiente lo hacían ellas.

Ellas también jugaban a basket.
La diferencia entre ellas y nosotras era que en su colegio no tenían patio, mientras que en el nuestro había cuatro patios diferenciados:
El de las monjas, al que daban las ventanas de los dormitorios de las monjas y de las niñas internas, el aula de música y el comedor de la escuela y donde teníamos prohibido jugar.
El patio grande, con 6 moreras al que daban las ventanas de las clases de 7 a 10 años y la cocina, por un lado, y las aulas de los párvulos, niños y niñas, juntos pero no revueltos, ya que hasta que hacían la primera comunión se permitía a los niños acudir a la misma escuela que sus hermanas, y justo en el piso de arriba las de bachiller.

Una de las paredes que hacían ángulo con esta del patio grande, estaba en el tercer patio.
Allí estaba tambien la escalera que daba acceso a las aulas de arriba y el lavadero.
Y al fondo, justo detrás del tobogán, el patio de baloncesto.

De arena, con lo que las caídas eran consecuentes.

En este patio se jugaban los dos partidos, el de ida y el de vuelta, cosa que a ellas les repateaba muchísimo.
Y cuando acababan los partidos tenían que usar nuestros lavamanos para asearse, cuando las dejábamos usarlos.

Aquel fue el año en que me llevé el primer y único bofetón de una maestra y realmente la culpa no era mía.

Resulta que los lavamanos que habían hecho para las aulas de bachiller, estaban colocados a la altura adecuada para los adultos, no para crías que apenas alcanzaban el metro y medio de altura y los usábamos para beber agua cuando hacía tantísimo calor.
Para alcanzar el grifo teníamos que apoyarnos en el lavamanos con todo nuestro peso y aunque no era excesivo, el continuo apoyo de todas, mas unas escuadras mal colocadas o con apoyos débiles (pensándolo ahora que entiendo del tema), hizo que un día al ir yo a beber agua, el lavamanos en el que me apoyé se viniera abajo.
Fui a decírselo a la monja y su primera reacción fue arrearme una hostia que me dejó la cara mirando a la espalda.

Estoy convencida de que después se arrepintió, pero nunca me pidió perdón.

Y lo bueno es que era una gran persona. Todas la queríamos mucho.

Era la hermana Eumelia. Una leridana que había tenido novio y que estaba a punto de casarse cuando se dio cuenta de que ella lo que quería era ser monja.

Cuando aterrizó en la escuela era aún novicia y el novio iba a veces a verla para ver si cambiaba de opinión y estuvo presente incluso, por lo que me contaron, el día en que la ordenaron monja.

Era una mujer muy agradable y que era consciente que estábamos en una época en que empezaríamos a tontear, así que a menudo en la hora de religión trataba de darnos lecciones de la vida real.

Recuerdo que el año anterior, en 3º, teníamos una monja muy antipática. Una de esas personas amargadas de la vida que siempre miraba a los demás por encima del hombro y que hacía valer su estatura superior a la de muchos adultos y a la de prácticamente todas las alumnas. Sólo había una alumna que era talla gigante.
Pues bien, un dia se nos ocurrió pedirle que hiciera como la Hna. Eumelia hacía y nos hablara de la vida y su respuesta fue: ¿Es que quereis ser unas perdidas?
Esa era la actitud.

Por contra, las profesoras seglares, Josefina que nos daba latín y francés y Rosa María, que nos daba literatura, gramática, e Historia, (a ellas las tuvimos en 2º, 3º y 4º), eran sumamente simpáticas.

Incluso he de decir que pese a vivir en una dictadura que prohibía nuestra lengua en todos los ámbitos, en la escuela, quizá por que todas las monjas y profesoras eran catalanas, se hablaba catalán sin ningún problema y solo se usaba el castellano para explicar las asignaturas.

Por desgracia no nos enseñaron a escribirlo.

Ese año los exámenes a los que me presenté los resolví bien, incluso el de religión que di por suspendido cuando el cura que nos examinaba me pilló copiando.

Al acabar el curso las monjas me dijeron si estaría interesada en trabajar los 3 meses de verano con un abogado que necesitaba una recepcionista.

Les dije que si, le dije a la señora de la librería que ese año no iba a poder ayudarla y entré a trabajar con el abogado.

La idea era seguir estudiando, al menos hacer la reválida del bachiller elemental y obtener el título y después ya se vería.

Pero ese año, 1966, hubo un cambio en las normas aplicables a las escuelas y cuando mi madre fue a renovar la matrícula le dijeron que ya no iba a poder seguir estudiando allí. Que si quería podía pedir plaza en otro de sus conventos, (un par de años más tarde mi propia hermana fue a estudiar a ese otro convento para hacer el bachiller), pero, claro está, allí no tendríamos los privilegios de precio que teníamos en el nuestro, así que les dije a mis padres que no se preocuparan, que si el abogado me aceptaba para seguir trabajando me quedaría y estudiaría por las noches.

El abogado me aceptó y yo estuve 5 años en aquella oficina, pero no continué estudiando, con lo que obtuve el primer No-título de mi vida. 

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